13 de octubre de 2018
13.10.2018
Los telares de Cris

Buenos Aires

La vida de barrio en una ciudad de tres millones de habitantes

13.10.2018 | 01:55
Buenos Aires

Buenos Aires está 50 veces más poblada que Zamora. Su área metropolitana es el triple que la de Barcelona. En un kilómetro cuadrado de Madrid vive un tercio de la gente que habita uno porteño. Lo penúltimo que esperaba tener aquí era una vida de barrio. Y no de barrio prefabricado como en Washington o de barrio regalado al turismo como en Barcelona. De barrio de verdad. De barrio a lo Pantoja o Las Viñas. De barrio de la Zamora de los ochenta en la que crecí. Con algún guiño carabanchelesco, Manolito Gafotas podría haber nacido aquí. Salpicado con postales de esa España pintoresca, solidaria y entrañable que mi generación solo ha visto en Cuéntame.

Caballito está en el centro geográfico de Buenos Aires, pero vive ajeno al barullo y al caos que se le presupone a toda capital latinoamericana. En cinco minutos caminando, puedes recargar el celular, comprar tomates, hacerte la cera, encargar una cama y llevarte del puesto del señor Alejandro un malvón, que es un geranio que crece hacia arriba y no a lo ancho. Como en Pantoja, donde a esa hora mi madre ya está por hacer la cena.

El miércoles, regresaba a casa satisfecha de mi progreso en los recados. Iba medio rápido, estaba por llegar el chico del colchón. Pero vi "leonesa" y no pude no entrar. "Fábrica de pastas frescas". Pensé que habría aceitadas y pastas secas como las que hacía de pequeña en un horno de Manganeses con mi abuela. -No, paisana. Me dice Juan Manuel, apoyado en el mostrador con su acento de Costa da Morte y su seseo azaroso. -Aquí hacemos raviolis, fideos. En España le llamáis pasta a todo, ¿verdad?. Emigrante de los setenta, "aún vivía el caudillo, muchos hermanos", estuvo en su pueblo en marzo. -¡Cómo ha progresado Galicia! Esas carreteras que llegan hasta el mar. Qué cosa. Lo cuenta con ese halo de nostalgia que no se sacude nunca el que se marcha. Juan Manuel era marinero, no necesitó pasaje de ida. Se quedó. Hace 25 años cogió el negocio de un leonés que había comenzado a hacer pasta fresca en los sesenta. La italianísima Buenos Aires es más de tallarines que de mantecados. En el vidrio de la puerta, que no se ha cambiado desde Franco y Videla, sigue intacto el escudo de Castilla y León. Se llama exactamente "La leonesa 3". Entre mis próximas misiones está averiguar si había o hay otras dos y qué hicieron los leoneses después de cederle el restaurantito al gallego. -Hay muchos paisanos todavía por aquí, y todos tenemos restaurantes. Juan Manuel promete hacerme merluza a la gallega siempre que quiera. -Hombre, eso sí, que todos somos gallegos.

Cuando llego a la puerta de casa, el chico del colchón lleva esperando más de media hora y no me gruñe. Me sonríe, incluso. La entrega ha sido mucho más rápida, por no hablar de humana y económica, que con Amazon Prime. Creemos que la tecnología nos ha facilitado la vida, pero creo que en muchas cosas solo la ha hecho directamente ridícula. Qué hacía yo en Washington llorando con cebollas plantadas en Perú. Por qué un alimento de batalla que, supongo, crece en casi cualquier suelo, tiene que recorrer medio continente para convertirse en sofrito.

Caballito es un barrio muy barrio. Con su papelería, sus verdulerías y su pizza Kentucky, la mejor desde 1942. En dos horas y cuatro cuadras completé todas mis misiones de recién llegada. Ya tengo número argentino, 100 pesos en la Sube, plátanos, limones y lechuga morada. Daniel, el señor de la fotocopiadora, me mandó a la tienda de Daisy, una peruana que me va a enseñar cómo poner elásticos a mis alpargatas paisas. Encontré aceite Borges en el Jumbo, un Carrefour argentino. En el puestito del señor Alejandro he aprendido a regar el malvón, que las hojas siempre estén mojadas, sol y sombra. -No te preocupes, dulce de leche, es una planta estoica. Comí milanesa en el patio, mientras Silvia, de Módena como el vinagre, tomaba mate y sonaba Muerdo. Tocan este domingo. Vamos a correr después al Parque Centenario. Voy a cenar donde Gigi, pasadas las nueve viene Javi. Al volver anoche, tuve que saltar una hoguera como si fuera San Juan en Alicante o Nochevieja en Quito. Los vecinos estaban preparando asado en el pasillo.

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