09 de mayo de 2018
09.05.2018

La burda manera de querer vendernos la historia

Hay políticos jóvenes que han debido leer la reciente historia de España vaya usted a saber dónde

09.05.2018 | 00:07
La burda manera de querer vendernos la historia

La Historia no es una ciencia, porque se encuentra sujeta a la interpretación de los hombres, por tanto, no puede ser otra cosa que una aproximación a la realidad. Solo hace falta repasar algunos hechos históricos para comprobarlo. Tomemos como ejemplo el del que para los ingleses fue Sir Francis Drake, vicealmirante, y preferido de la reina Isabel, pero que para nosotros siempre ha sido y seguirá siendo el pirata Drake, aquel que se apostaba con sus barcos y sorprendía a los galeones españoles que venían del continente americano cargados de tesoros hasta las trancas, abordándolos, y dejándolos más vacíos que una bolsa de chuches en un cumpleaños infantil. O aquel otro caso, mas paradigmático, como el del Cid Campeador que, en el supuesto de haber existido, para unos habría sido un héroe que peleaba en defensa de los intereses de los reyes cristianos, y para otros también de los reyes árabes, llegado el caso; vamos, que era algo así como Figo y Ronaldo (El gordo) que lo mismo defendían los colores del Barça que los del Real Madrid, en función de quién fuera su pagador.

Viene esto a cuento que determinados jóvenes líderes de algunos partidos políticos han debido leer la reciente historia de España vaya usted a saber dónde, porque se empeñan en decirnos que transcurrió de una manera que nosotros no la recordamos así, aunque la hayamos vivido en directo en aquellos años en lo que ellos aun no eran siquiera un proyecto de vida para sus progenitores.

Si se hubiesen esperado a que hubiéramos desaparecido quienes la vivimos y la sufrimos entonces, quizás hubieran conseguido colar sus patrañas a los más jóvenes, pero no han sido lo suficientemente pacientes, y la gente de aquella época hacemos lo posible por contar las cosas tal y como las vivimos, incluidos los sobresaltos con los que nos despertábamos cada mañana, ya fuera a través del periódico o de la radio, porque las bombas, los tiros en la nuca y los atentados, eran el pan nuestro de cada día, en aquellos días en los que el país luchaba por consolidar la democracia. A los que tergiversan la historia les va a costar trabajo convencernos que la actuación de aquellos violentos sanguinarios, y de los palmeros que los alentaron, era propia de celestiales querubines, y más aún hacer que les respetemos y les agradezcamos que no coarten nuestras libertades y que no nos sigan matando.

Muy probablemente estos chicos que se hacen fotos con terroristas, con sonrisas de oreja a oreja, y que presumen de haber pasado por alguna facultad de Políticas, no han sufrido en sus familias o en su círculo de amigos el zarpazo de algún atentado. No han tenido que ver como una amiga, cuyo delito fue acudir al trabajo una mañana en la que unos desalmados decidieron poner una bomba en la plaza de la República Dominicana de Madrid, por el simple hecho de pasar por allí, y a resultas de la explosión, resultó gravemente herida. Aquella era una espléndida joven recién salida de la Universidad, a la que ante sus ojos se abría un prometedor futuro. Una joven de ascendencia zamorana que no se si forma parte de las víctimas que han concedido el perdón a los terroristas, porque, a decir verdad, no me he atrevido a preguntárselo, ya que, de estar en su lugar, jamás me lo habría planteado.

Esos chicos pretenden vender la historia de una manera burda, porque creen que la política es una ciencia, como la física o las matemáticas, pero no se dan cuenta que en política no existe una sola fórmula como las de los gases de Boyle Mariotte, o la del Péndulo, que las aplique quien las aplique, con los mismas situaciones siempre dan los mismos resultados. Estos chicos deberían leer más y preguntar a los testigos, a las víctimas, y a convivir menos con los verdugos en reuniones perversas que rayan la pornografía. Estos chicos deberían ser conscientes que cuando se va al retrete todos nos bajamos los pantalones, incluidos ellos mismos.

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