01 de abril de 2018
01.04.2018
editorial

Por una Semana Santa completa con la incorporación de la mujer

01.04.2018 | 01:37
Por una Semana Santa completa con la incorporación de la mujer

Diez años después de que el Obispado de la diócesis de Zamora aprobara el Estatuto Marco, al que debían adaptarse las 16 cofradías de Semana Santa, aún quedan aspectos relevantes por cumplirse del nuevo estatus jurídico por parte de algunas hermandades y esos incumplimientos se refieren, en particular, a la incorporación de la mujer a las cofradías zamoranas, puesto que todavía algunas se resisten a lo que dicta tanto la sociedad actual como la propia Iglesia, su mentora, y a quien deben obediencia.

Reapareció en la misa del Domingo de Ramos el obispo de Zamora, Gregorio Martínez, después de semanas apartado por una delicada intervención quirúrgica. Aunque prudente, el prelado no desaprovechó la ocasión para instar a aquellas hermandades que no lo han hecho a que acataran los dictados de la Diócesis advirtiéndoles de que "no se puede vivir en la ilegalidad", defendiendo la incorporación de las mujeres como "cofrades de pleno derecho" y. aunque con forma de ruego, advirtió a sus directivas de que no le obligaran a tomar medidas "más duras", en alusión al exhorto que abrió la espita en la Hermandad de Penitencia, una medida única que no ha sido aplicada todavía a las cofradías que siguen reduciendo su participación a los hombres y que, a la vista de lo sucedido, debería haberse extendido a alguna otra para no caer tampoco en situaciones de discriminación. Si es obligatorio, debe serlo para todas por igual, en el fondo y en la forma.

El puñado de hermandades que aún se resiste a aplicar el espíritu que la Iglesia quiere dar al Derecho Canónico, que habla de asociación de fieles, sin diferenciación de sexos, va perdiendo argumentos con el paso del tiempo: no pueden ampararse en una tradición que ha cambiado innegablemente con el paso de los años, ¿o acaso siguen los cofrades de la Vera Cruz, actualmente mixta, flagelándose como cuando era costumbre el ejercicio de la "Disciplina y Penitencia"? En la más antigua cofradía de la Semana Santa zamorana, como en la cuatro veces centenaria del Santo Entierro, hombres y mujeres desfilan ya sin distinciones, bajo el mismo caperuz. Ni siquiera es válido ya el argumento de la vestimenta cuando lo mismo sucede en el Espíritu Santo sin que se haya alterado lo más mínimo su esencia monacal.

Si acaso, podrían argumentarse razones de organización para impedir una entrada masiva, pero las restricciones deberían tenerse en cuenta para ambos sexos.

La Semana Santa zamorana ha sido, y es, un fiel reflejo de la evolución de la sociedad y la mujer, que supone más de la mitad de la población, que aspira a que la igualdad sea efectiva, no puede ser excluida de ningún colectivo, máxime cuando se trata del movimiento que más aglutina a los zamoranos y en el que viene participando de forma activa desde hace siglos, aunque sin el reconocimiento debido.

Eludir este hecho es como querer tapar el sol con un dedo. Peor aún si el argumento es hacer ostentación de la indiferencia o negarse a abrir un debate que ya existe en el propio seno de la Iglesia católica. Los fieles semanasanteros, que según los estatutos, deben llevar vida cristiana, habrán oído hablar en numerosas ocasiones al Papa Francisco cuando reconoce también la situación de inferioridad de la mujer y defiende su papel como actora principal en el orden religioso. Zamora es, además, pionera en la misión de la mujer dentro de la Iglesia. Religiosas, y ahora también seglares, llevan años supliendo la carencia de vocaciones sacerdotales y celebran la Palabra en muchos templos de nuestros pueblos. No pueden administrar sacramentos, que es lo que se debate en la pretendida figura de la diaconisa, pero sí cumplen una importante función espiritual, de cuidado del patrimonio y social. Abren las iglesias y procuran que los vecinos acudan al que, probablemente, sea aún el mayor acto de convivencia en la rutina diaria de la Zamora rural.

"Todo llegará", afirmaba en estas mismas páginas el encargado de realizar la plegaria ante el Cristo de las Injurias. Manuel Javier Peña defendió en el solemne acto que precede a la procesión del Silencio la igualdad de la mujer al pedir que ninguna sea "ignorada, humillada, golpeada o menospreciada en su trabajo, en su vida diaria o en su dignidad". En ese desfile, el capellán de la Hermandad fue escoltado por dos jóvenes chicas que ejercían de monaguillos. Las únicas mujeres entre más de 3.000 hombres, si bien el sentimiento y la fe son compartidos por igual, sin distinciones sexistas.

Ese "todo llegará" puede entrañar una alternativa a una teórica despoblación de las filas en vistas del declive demográfico que ha provocado más de una crisis en la larga historia de la Semana Santa. Pero no debería esperarse más. Hasta que la mujer no se incorpore, como lo ha hecho en las celebraciones de igual tronío, a todas las cofradías de la Pasión zamorana, quedará un lado de ese hermoso diamante por pulir. Una joya que debemos cuidar entre todos y todas y que, un año más, ha brillado incluso por encima de las dificultades meteorológicas, encontrando soluciones para resguardar los pasos de la lluvia y poder cumplir con la penitencia y a pesar de las suspensiones del Santo Entierro y Nuestra Madre por la lluvia en el Viernes Santo. Sin embargo, aún se cavila contra una consecuencia natural de los tiempos que solo haría resplandecer más ese inmenso caudal religioso, artístico y social que es nuestra Semana Santa.

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