04 de junio de 2017
04.06.2017

Maldad histórica

El mal que hacemos se perpetúa por las acciones que sobreviven a las personas

04.06.2017 | 02:47
Maldad histórica

No vivimos tiempos para trivializar la conciencia del mal, a juzgar por lo que cada día nos muestran los informativos. La situación de maldad creciente en nuestro mundo no parece que sea algo estático o simplemente causado por el extravío de un puñado de locos dispersos por el planeta. A nadie se nos oculta ya el hecho de que el mal está perfectamente planificado y estructurado en muchos y variados órdenes; no estoy pensando solo en el terrorismo yihadista. Poco a poco, unas veces más oculta y otras más descaradamente, se va organizando un sistema totalitario de transformaciones, unidas y coherentes, que favorecen toda una coyuntura o disposición al mal, elevándolo a categoría de bien o a proyectos de vida con los que se nos pretende hacer comulgar tratándose de auténticas ruedas de molino: el blanqueo de la corrupción a pequeña y gran escala en mandatarios de todos los pelajes; la evasión fiscal de quienes parecían referentes culturales y deportivos; la máquina destructiva de la ideología de género que ya se ha colado en el sistema educativo; toda una vuelta a las cavernas en temas provida como el aborto libre y gratuito, el tráfico de niños y últimamente el planteamiento de la eutanasia infantil, etc.

No pretendo ponerme en plan catastrofista para llegar a decir, como nuestros abuelos, "qué nos quedará por ver". Es cierto que, junto al mal, también hay mucho bien en nuestro mundo, y a todo ese bien se le da menos cobertura en los medios de comunicación. La gravedad de todo aquello que nos deshumaniza como personas, que destruye nuestro mundo y que pretende firmar a Dios su certificado de defunción, todo eso constituye una estructuración perfectamente diseñada y ejecutada. El mal que hacemos no es sólo algo personal, es también y principalmente social e histórico. Todo eso que nos destruye en esa triple relación con Dios, con el mundo y con nosotros mismos, los católicos lo llamamos pecado y, se sea o no creyente, sí que podemos estar seguros de que todo ese mal que hagamos (el pecado) no muere con las personas. Todo ese mal se perpetúa por las acciones que sobreviven a estas personas, en las instituciones, ideologías, ordenamientos legales, etc. Observo con preocupación cómo las nuevas generaciones se ven arrolladas por toda esta situación fatal que les convierte, desde el primer instante, en esclavas de un sistema corrompido: se anestesian las conciencias para que no piensen por sí mismas y se inocula el virus de la hostilidad hacia Cristo y su Iglesia, independizándolas de su voluntad y decisiones para que no solo sean víctimas sino también agentes recreadores de toda una situación desnortada, sin principios ni valores.

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