30 de abril de 2017
30.04.2017
Domingo 30, III de Pascua

Encuentro transformador con Jesús Resucitado

30.04.2017 | 01:38
Encuentro transformador con Jesús Resucitado

Celebramos hoy el tercer domingo de la Pascua. Tiempo central en nuestra experiencia de fe, donde celebramos y vivimos el encuentro con Jesús Resucitado. Es particularmente evocadora la imagen de Jesús "acompañando" en el camino a los discípulos de Emaús. Mientras conversan y discuten de todo lo vivido, Jesús se acerca y se pone a caminar con ellos. Sin embargo, los discípulos no lo reconocen.

Si los cristianos de hoy nos identificamos con Jesús en este pasaje evangélico, podemos decir que ser seguidor de Jesús es tener ojos para ver a los que caminan desilusionados y desencantados con este mundo injusto, a los que han sido rechazados y excluidos del orden establecido, a los que van solos y de vuelta de todo en el camino. Tener sensibilidad para conmoverse, acercarse y hacer el camino con ellos. Es decir, acompañar y acompañarnos en el camino de la vida.

También el cristiano en nuestro mundo actual tiene que tener oídos para escuchar: ¿Qué os pasa?? ¿Por qué estáis tan tristes?? ¿Qué es lo que comentáis en el camino?? Tener una palabra que dar para acoger, comprender, interpretar y orientar. El Señor les fue interpretando lo sucedido a la luz de la Escritura. La palabra de Dios tiene que ayudarnos a entender la vida, ella nos habla de Dios y nos muestra su presencia en cada momento de la historia.

Los caminantes se sienten atraídos por las palabras de Jesús. Llega un momento en que necesitan su compañía. No quieren dejarlo marchar: "Quédate con nosotros". Durante la cena, se les abrirán los ojos y lo reconocerán. Este es el primer mensaje del relato: cuando acogemos a Jesús como compañero de camino, sus palabras pueden despertar en nosotros la esperanza perdida.

El Señor resucitado hace un alto en el camino, se sienta con ellos a la mesa y comparte el pan. Los discípulos reconocen el gesto grandioso de la Última Cena, el don de la eucaristía, de la entrega y de la presencia permanente del Señor. El creyente descubre en el encuentro con Jesús en la eucaristía que tiene que entregarse, es decir, dar tiempo, afecto, vida y todo desde la gratuidad del amor. Ayudar a otros que puedan volver a la comunidad, reintegrarse a ella y reemprender un camino nuevo y una vida nueva. Es pasar de la dispersión a la comunión.

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