Francisco García, conocido sacerdote zamorano y profesor de Cristología en la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca, en su libro "Jesús, el Cristo siempre vivo" responde a 25 preguntas clave. Concretamente en la número 19 se pregunta si la resurrección es una historia de fantasmas y por qué los discípulos siguieron hablando de Jesús cuando éste había muerto. Recomiendo su lectura, que no tiene desperdicio y nos ayudará a ahondar en esa gran Verdad que hoy, y durante cincuenta días, los creyentes celebramos en todo el mundo y por todo lo alto: ¡el Crucificado vive y vive para siempre!

No es ese hoy el titular de periódicos y telediarios pero sí es el grito que más se repite en los templos de todo el mundo con el firme propósito de que dicho convencimiento se nos note después a quienes salimos de ellos. Tenemos la certeza de que el Maestro y el Señor, por iniciativa propia, se les presentó entonces a los suyos; nada que ver con una especie de "ilusión creada por su interior doliente" tras los trágicos acontecimientos. En esas apariciones les hizo captar el alcance de la vida nueva y definitiva que nos ha traído por su muerte y resurrección, anuncio de la nuestra. Esta impresión y bendición tan honda e indescriptible les urgió a comunicarlo a todos incluso corriendo el riesgo de entregar la propia vida por hacerlo patente. Algo muy importante y extraordinario tuvo que sucederles, por tanto, a aquellos discípulos de Jesús para que se obrara un cambio tan radical que les hiciera pasar de la huida, la dispersión, el miedo y la tristeza a la reunión, el coraje y la alegría contagiosa y desbordante. Ese algo no es otra cosa que al que creían muerto se lo encontraron vivo. Ahora bien, el regalo de experimentarle vivo no le fue concedido a todo el mundo sino solo aquellos que habían creído en Él antes de morir.

Quizá alguno de ustedes pueda estar pensando que también Lenin, Marilyn Monroe o Michael Jackon, a pesar de haber muerto, continúan perviviendo en el imaginario colectivo de muchas personas que les admiran y que por ello, de algún modo, continúan con su causa. Pero es que en el caso de Jesucristo no se trata, ni mucho menos, de algo semejante. Más bien sucede todo lo contrario: la causa de Jesucristo continúa porque Él vive y sigue animando, fortaleciendo, dándose. Lo hace de manera invisible y silenciosa, sí, pero no por ello menos real, trasciende nuestra realidad. No parece que sea cosa de fantasmas lo que, día a día, experimentan tantos millones de cristianos en todo el planeta al haber decidido dar el salto de la fe, abriéndose a la presencia del Resucitado para confiar más en Él que en las propias fuerzas.