Es un paisaje, el del belén, apacible, sosegado. Un entrañable fotograma suspendido en el tiempo que se repite, año tras año, sin estridencias. Sin elementos que den en perturbar la convivencia de una aldea levantada con cartones de colores en la que cada uno de los vecinos cumple escrupulosamente el papel asignado por anónimo ceramista en la fecunda soledad de un taller.

Las colinas, el castillo, la estrella sobre el camino, los guijarros del arroyo, los molinos, los pastores, las ocas y los rebaños, el séquito de los Magos, el Niño, María y José, conforman una sencilla representación plástica que a nadie deja indiferente. Los más jóvenes la contemplan embelesados esperando maravillas a punto de suceder. No en vano, de los niños es la primavera, y la ternura, también, y la inocencia. Y cuando todo parece que se derrumba, son ellos quienes hacen que la tierra continúe.

A los no tan jóvenes, su visión nos hace sentir nostalgia por un tiempo que se fue, con los sueños y las cosas, para no volver. A mí, particularmente, suele trasladarme a una infancia lejana en la que, cada mes de diciembre, aquel barro cocido y policromado cobraba vida en un par de metros cuadrados, a la entrada de un colegio, sobre musgo recién cortado y bajo un cielo de papel.

En mi casa, estos días hemos vuelto a montar el belén con ilusión renovada. A lo largo de varias tardes le dimos forma y, fieles a la tradición, la mula y el buey flanquean el pesebre. Sin embargo, no es tan espectacular como otros de mi ciudad. En absoluto. Es más pequeño, incluso, que en ocasiones anteriores.

La falta de espacio exigió reducirlo por lo que hubimos de suprimir algunos colectivos y recolocar las figuras. Lo hicimos a riesgo de que alguien nos tache de populistas y "antisistema", adjetivos muy de moda, pero no podíamos cerrar los ojos a la realidad.

Este año los soldados, que habitualmente hacían guardia a las puertas del castillo, y los pajes, que de ordinario acompañaban a sus majestades de Oriente, han quedado en el trastero, víctimas de una reconversión encubierta. Los pastores, expulsados de sus cabañas, vagabundean por el monte sin rebaños: excesivos tributos se los quitaron. Por otra parte, el herrero ha sido desahuciado a requerimiento del usurero de la aldea y busca trabajo, junto a lavanderas y carpintero. Todo es desolación y tristeza en torno al portal. No hay jóvenes en la aldea, se han marchado.

Presiento, en los cambios, un aire purificador sobre el belén de mi casa. Vientos justicieros sobre un país inocente y entrañable esquilmado por vil desidia y traspasado por la corrupción de parte a parte. Años de rapiña lo han dejado malherido pero aún conserva el poder de seducción, el muy cabrón. Ejerce el mismo hechizo.

Al fin y al cabo, las figuras que lo pueblan empuñan con determinación la bandera de la esperanza.