Son estos días navideños propicios para el circo, que encandila a niños y mayores con sus acrobacias, magias, trucos y malabarismos. Uno recuerda con nostalgia, al ver estas fantasías, a las cuadrillas de artistas que lo mismo se disfrazaban de payasos que mantenían el equilibrio sobre un rodillo, hacían subir una cabra a una tabla mínima donde juntaban las pezuñas de sus cuatro patas, domeñaban a un oso gigante o hacían bailar y aplaudir a una mona vestida de colegiala. Eran los titiriteros. Para los niños de antaño solo se le asemejaban en facundia los afiladores gallegos que recorrían los pueblos empujando una rueda, desde Orenxe, "a terra da chispa".

Los titiriteros ya no se ven por los pueblos. No sé desde cuándo, pero es posible que desde que aparecieron los payasos en la televisión. ¿Quién podía hacerle la competencia a los inefables Gabi, Fofó, Fofito y Miliki con sus pegadizas canciones "Susanita tiene un ratón" y "Hola, don Pepito?". ¿O con aquel americanísimo y trepidante saludo a los niños: "¿Cómo están ustedes?".

Ahora aparecen de cuando en cuando humoristas en las fiestas estivales que intentan arrancar carcajadas a niños y mayores. Su trabajo es encomiable y en ocasiones desinteresado; ni siquiera pasan la gorra. Pero no tiene nada que ver con aquellos titiriteros ambulantes con sus carromatos multicolores. Aunque nosotros no lo sabíamos entonces, los titiriteros llevaban también una réplica del memorable "Retablo de Maese Pedro", del que habla Miguel de Cervantes en "El Quijote" y que inmortalizó musicalmente Manuel de Falla. La historia de Melisendra, esposa de don Gaiferos, que tenía cautiva el rey moro Barsilio, estaba muy resumida pero hacía estallar de euforia a la concurrencia cuando el marido liberaba a Melisendra de las garras del moro. Esta historia la recitaba un muchacho con voz atiplada y sonsonete de pregonero, señalando con una vara cada una de las láminas que aparecían con trazos ingenuos en un tablero cuarteado y oscurecido por los años.

Los titiriteros o titereros, como los llama Cervantes, eran seis o siete, además de los animales que los acompañaban: los escurridos jamelgos que tiraban del carromato, el oso, la mona y la cabra. Había siempre un matrimonio mayor; los demás eran jóvenes, probablemente hijos. Las chicas se movían con desenvoltura y a veces ejecutaban pícaras acrobacias que alegraban la vista de los hombres y ruborizaban a las mujeres.

Las entradas al espectáculo, montado al aire libre con luces escasas y colgaduras de papel de colores, eran gratis. Las mujeres llevaban sillas y silletines para sentarse; los hombres estaban de pie. Después de las actuaciones, dos mujeres pasaban entre la gente con unas panderetas, hacían sonar sus sonajas e iban cayendo en ellas muchas perras gordas, escasos reales y alguna peseta suelta.

La mayor recaudación la hacían los titiriteros con la rifa. Suponía la traca final del espectáculo. Se rifaba por lo general una muñeca enorme. Las niñas azuzaban a los padres para que compraran las tiras de la suerte: "A peseta la tira y cinco por un duro", gritaba con guasa el titiritero mayor. Una vez vendidas todas o la mayor parte de las tiras, se llamaba a una niña para que metiera su mano inocente en un gorro con varias bolitas numeradas con distintas unidades. Cuando alguien exhibía la tira premiada, se oían escasas exclamaciones de alborozo, abundantes lamentaciones y algún que otro lloriqueo de las niñas no premiadas. El titiritero mayor devolvía la tranquilidad a la concurrencia, anunciando: "Mañana rifaremos dos muñecas y daremos seis tiras por un duro".

Diversión, ilusión y sueños al aire libre, como sucede ahora en las fiestas navideñas bajo una carpa enorme. Los chicos volvíamos a casa entusiasmados; algunos intentábamos imitar a la mona, otros al oso y los más audaces soñaban con conseguir al día siguiente un rodillo para colocarlo encima de una tajuela y moverlo con los pies descalzos sin caerse, como hacía una de las hijas del titiritero padre. Soy testigo de que alguno se llevó más de una costalada en el intento. Otros, en cambio, lograron aprender a dar volteretas hacia atrás o hacer el pino sin descalabrarse.

Estas cuadrillas de titiriteros llevaron aire fresco y muchas ilusiones a unos pueblos encerrados en sí mismos y demasiado apegados a su parco terruño.