Ahí se les va a ver a las izquierdas populistas que aletean por Europa dejando sentir su aliento en el cogote a las fuerzas políticas tradicionales: las derechas más o menos modernas disfrazadas de centrismo y las izquierdas atemperadas por las corrientes, más o menos profundas, de la socialdemocracia, santo y seña del socialismo actual. Se va a ver en Grecia, el día 25, pues al Gobierno helénico no le ha quedado otra que anticipar las elecciones. Para perderlas, porque la totalidad de las encuestas apuntan a una victoria de Syriza, la joven formación, algo así como hermana mayor de Podemos en España, para entendernos, a la que se vaticina no menos de un 28% de los votos, lo que supondría un giro de 180 grados para el país con mayor deuda pública, y cuyos habitantes, con sueldos y pensiones rebajados, más han sufrido la crisis, más aún que los españoles y los portugueses.

Hasta entonces, hasta el día 25, van a estar unos y otros sin vivir en sí. Los de Podemos, porque lo que ocurra en Grecia puede ser un adelanto de lo que ocurrirá en España en noviembre y tener un efecto mimético a favor o en contra. Lo mismo pasará en el PP y en el PSOE, que se resisten como gato panza arriba a perder la alternancia en el poder del bipartidismo que Rajoy no tiene rubor en defender en público amparándose en la estabilidad del sistema. Falta por ver si la situación en Grecia puede equipararse a la española pero en cualquier caso, sobre todo si Syriza acaba gobernando, las campañas contra el emergente partido de Pablo Iglesias alcanzarán su mayor expresión, a base de agitar el miedo al futuro y el más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. Y eso que estas actitudes nunca dieron resultados favorables en el país, ni en la República cuando Gil Robles quiso frenar la alianza de izquierdas, ni desde el año 82 cuando el PSOE ganó cuanto se podía ganar, ni en el 96 cuando el PP acabó con 14 años de socialismo.

En España, la deuda pública llega al 100% del PIB, en Grecia está por el 175%. Los griegos han sufrido hasta un 30% la pérdida de su poder adquisitivo en los seis años de la crisis y su clase media, muy debilitada, es un fiel reflejo de la situación tan propicia al cambio total. Aquí, el Gobierno dirá lo que le convenga, pero las filtraciones sobre el informe obligatorio de previsiones enviado a Bruselas apuntan a que todo seguirá igual hasta 2017, con salarios contenidos y nuevas subidas de impuestos tras las elecciones. Parece que si en Grecia tienen pocas dudas respecto al triunfo de Syriza y su líder Alexis Tsipras, en España las dudas son algo mayores y todo puede acabar, al final, dependiendo de pactos poselectorales de interés y conveniencia, no para el país, claro, sino para quienes se disputan el poder. Si gana el PP, muy, muy lejos de la mayoría absoluta, el PSOE o apoyaría a Rajoy, casi descartable, o a Podemos, casi seguro. Claro que también puede que sea Pablo Iglesias el que tenga que elegir y gobierne con Pedro Sánchez de presidente. Incluso el centro puede jugar sus bazas. Y una hipótesis más, expuesta desde Podemos, que teme que el PP fuese capaz de aliarse de nuevo con CiU para conservar La Moncloa. Pero ¿a qué precio? Elucubraciones, sí, pero unas más inquietantes que otras.