Había bajado ya Diciembre de las regiones inexploradas del Padre Tiempo, y como siempre, su cara estaba triste por tener que despedir a su pariente el año moribundo, y ya sabemos todos que las despedidas son muy dolorosas, y más cuando se da el adiós eterno a los moribundos. Por eso decimos: los ojos nublados de Diciembre, los luceros del cielo, dejaban resbalar a través de sus mejillas (el éter insondable y desconocido) sus lágrimas cubiertas de un velo blanco, en son de luto, (y no extrañe que fuese blanco, porque sino en la oscuridad de la noche no se vería, y entonces no tenía por qué derramar su amargo llanto).

Pues como decimos, estaba el tal Diciembre dando ya sus últimos aleteos y suspiros cuando hice un sin par descubrimiento en el comedor de su casa. Allá, agazapado, escondido detrás de la mesa (mesa es un objeto de cuatro patas, aunque no es un animal, que sirve para que los niños o jóvenes mal educados pongan sus pies encima de ella) se hallaba, mejor dicho, lo hallé yo, un sujeto, bueno me confundí otra vez, eran dos sujetos; el uno era un hombre y el otro era nuestro reloj de pared. Y digo que el reloj era también sujeto, porque aquel extraño y misterioso y tenebroso individuo ¡ay! ¡qué miedo! (dígase esto con voz temblorosa) tenía sujeto entre sus apéndices o extremidades superiores, vulgo manos, a nuestro infortunado reloj.

Pues así estaban las cosas cuando él, volviéndose hacia mí, dijo con una voz cavernosa: "oh vil mortal, oh máquina de barro, pues de él fuiste sacado ¿por qué turbas mi sosegado reposo? ¿por qué desvelas mis melancólicos pensamientos?". Me quedé asombrado y confuso, y respondí: no oso interrumpir vuestra meditación, solo quiero saber quién sois. Y él respondió: ¿yo, "oso"? No, ¡por Dios! Yo no soy un "oso". Soy dijo, enfáticamente, ¡el año 1948!

Entonces, miré incrédulo su aspecto, y en verdad que no tenía pinta de año, pues aunque sus cabellos y barba eran blancos, como las lágrimas del cuitado Diciembre, y andaba encorvado, mientras sus labios se plegaban en una mueca de cansancio y hastío, no me pareció que estuviese a punto de morir, pues en sus ojos, unos ojos vivarachos, inquietos, negros como la noche, brillaba una chispa, una reminiscencia (dígase toda la palabra sin respirar y si no se atraganta, se le dará un premio) de juventud y alegría, así como la luna blanca brilla en la noche del invierno, poniendo en ella una nota alegre de vida en la yerta naturaleza.

Tuve piedad de él y le dejé continuar en el comedor y me fui. Más tarde, cuando el reloj iba a dar fin a un año y vida a otro, todos pasamos al comedor, pero el año no estaba allí, una ventana abierta decía bien claro por donde se había ido.

Todos nos dispusimos a tomar las uvas, y cuando el reloj o "sujeto" se cubrió la cara con sus manecillas, para no presenciar el fin del año, cayeron lentos y solemnes 12 tañidos, que eran como 12 alaridos de dolor, que el viejo reloj lanzaba por su amigo, el otro "sujeto". Y cuando terminaba la última campanada, se abrió la puerta de la estancia y por allí entró alegre y lleno de bullicio el Año Nuevo, al tiempo que nosotros brindábamos por él. Y, cuál no sería mi sorpresa al reconocer, bajo aquella máscara de simpatía y juventud, al año viejo, que ya no andaba encorvado, sino muy derecho; se había teñido el cabello y "se había afeitado". Al entrar me miró sonriente y, sin que nadie lo advirtiese, me guiñó picarescamente un ojo. Los demás creyeron que un nuevo año había entrado. Solo a mí no había engañado aquel pícaro. Y entonces, comprendí por qué todos los años son tan semejantes. 15-1-49.

Ricardo Prieto (Zamora)