19 de octubre de 2014
19.10.2014

Las "chuches"

Nuestras golosinas se reducían a los confites, las bolas de anís, el palo de regaliz, los caramelos y los bombones

19.10.2014 | 09:37
José Carlos Guerra

Si alguien te dice, vamos a galguear, caben dos posibilidades, una, que te lleven a disfrutar de la bella carrera de los galgos atosigando a la liebre y otra, la más corriente, que te inviten a comer golosinas.

Galguería es una forma más coloquial de designar a las chucherías, las chuches.

Una golosina (de goloso, y este del latín gulosus) es un manjar generalmente dulce, cuyo único valor nutritivo es el azúcar o grasa, escaso o nulo en proteínas, vitaminas y minerales, destinado a satisfacer un gusto o antojo.

Chuche, confite, dulce, galguería, golosina, bocado, botana, mecato, pasa-boca, snack?, son algunos de los sinónimos con los que apellidamos a estos dulces caprichos.

De sobra sabemos que su excesivo consumo puede desencadenar problemas de salud: diabetes, obesidad, caries, e incluso anemia, debido a que ocasiona la pérdida del apetito.

Pero no es mi intención enjuiciar su consumo, sino, más bien, traer a la memoria con estas golosinas los recuerdos endulzados de mi infancia.

Copio textualmente esta curiosidad de la crónica de Belnáldez: "Mientras tanto, en Benavente se hallaban Felipe y Juana (Reyes de Castilla) alojados y agasajados en su palacio por don Alonso Pimentel, Conde de Benavente, uno de los grandes de Castilla, integrados en su bando desde el principio".

"El Rei Don Phelipe vino a Venavente, adonde el Conde le hiço grandes fiestas, y alli quisiera el Rei çelebrar las cortes y detener a la Reina, si no lo estorvara una cosa que adelante dire, ... estando el Rei e la Reina en la villa de Venavente, un dia, despues de comer, la Reina se quiso ir al bosque de los Pavos a holgar y fueron, con su liçençia, el Conde de Venavente y el Marques de Villena y estuvo alla buen rato. El Rei estava a este tiempo en Palaçio. La Reina, como huvo estado en la guelga un buen rato, vinose a la villa a casa de una Pastelera y alli se sento en el umbral de la puerta, porque alguno la aviso que la queria el Rei dexar en Benavente y governar el solo y, como aquesto le dixeron a el Rei, se fue a donde la Reina estava, a la qual el, ni los grandes, pudieron mover de alli, a donde durmio, no sin grande alvoroto de toda la corte que deçian que el Rei Don Fernando, su Padre, venia por ella, y ansi estuvo la guardia del Rei, de dos mil hombres Alemanes, toda la noche en guarda de su Alteza".

De toda esta entrañable descripción me quedo con el detalle de la pastelera que nos da fe de que en el año de 1506 al menos ya existía una pastelería en esta nuestra ciudad.

Juan Carlos de la Mata en su estudio Los Chocolateros y Arrieros Maragatos en Benavente, hace una extensa y exacta relación detallando que, dada la proximidad de Benavente a la comarca leonesa de la Maragatería, el intercambio comercial por aquello de la vecindad, era constante y la afluencia a los mercados y ferias pudo hacer que los chocolateros y confiteros instalaran aquí durante los siglos XIX y XX sus obradores.

Como chocolaterías yo recuerdo solamente dos, la de don Manuel Grande y la de don Esteban Fernández.

Por aquel entonces, era costumbre muy extendida la de lanzar dinero, caramelos y sobre todo, confites en los bautizos cuando el cortejo con el ungido y ya cristiano nuevo salía de la parroquia camino de su domicilio. En la calle, los críos esperábamos esa primera salva de caramelos y de monedas que el padrino nos arrojaba, teniendo que escuchar luego la constante cantinela de: padrino roñoso, mete la mano en el bolso; a lo que este respondía con otra descarga de confites o de calderilla. Y dependiendo de la clase social a la que perteneciera el sacramentado, la operación se repetiría hasta que asomados al balcón lanzaran más y más chucherías y monedas.

Otra costumbre, ya perdida, era confeccionar un collar con caramelos y rematado con un maragato para prenderlo del cuello en la fiesta de cumpleaños.

Nuestras golosinas se reducían a los ya mencionados confites, las bolas de anís, el palo de regaliz, los caramelos y los bombones.

Ricas eran las mariteres, avellanas recubiertas de chocolate; y los maragatos, una especie de mazapán con figura de muñeco. Curiosa la coincidencia del nombre si no fuera por lo ya sabido a cerca de los pasteleros.

Recuerdo con nostalgia el aroma dulzón que se desprendía de la fábrica de caramelos La Carmela camino del colegio de La Vega y que nos mantenía quietos ante su escaparate repleto de chucherías. Un olor que invitaba a entrar y a emborracharse de golosinas.

¿Quién no recuerda las chufas, altramuces, pastillas de leche de burra, (toffes), el pan de higo, el regaliz de palo, los pirulís de la Habana, precursores de los actuales chupa-chups?

Esas fueron nuestras chuches. Claro que también gustábamos de otras cosas, como los polvos de magnesia granulada efervescente, que nos llenaban de espuma la boca, o las pastillas Juanola, picantes, mentoladas con recio sabor a regaliz negro.

Estas pastillas aparecieron en las farmacias en 1906 revolucionando el mundo del regaliz por su original forma, su sabor y sobre todo su sabia combinación de ingredientes que aclaran y refrescan la boca. La mayoría llevábamos en el bolso una cajita de estas pastillas romboidales.

Y dependiendo de la estación otras cosas nos atraían: la acerolas, las castañas asadas y pilongas, los cacahuetes tostados, los bígaros o las nécoras que La Cabrita vendía a la entrada del Gran Teatro en grandes cestas de mimbre.

Eran tiempos de estirar la propina, de ir a las sesiones de cine infantil y el poco resto que nos quedaba en los bolsillos gastarlo en el atractivo que los puestos nos ofrecían cada domingo vendiendo sus chucherías en la plaza de Santa María.

De las confiterías se compraba poco, acaso migas de galletas de coco, obleas, bombas, o algún pastel.

Sería injusto no rendir un homenaje a Fanny y Agustina, que regentaban la Granja Doré.

Sin mala intención, pero sí malvados en picardía, invitábamos a que cualquier amigo, ingenuo él, entrara en la confitería a pedir una bolsa de "tías tiesas". Lo que acontecía de inmediato era que una de las dos hermanas cerrara la puerta y se liara a escobazos con el tonto al que queríamos gastar la broma.

Era una confitería ubicada en la calle de la Rúa que, a diferencia de las otras, Mariño, Tomás Campos o Casa Grande, conservaba su sabor, no solo dulce, sino romántico. Decorada en art-decó, de columnas esbeltas, rematadas estas con ménsulas recorridas por filigranas de purpurina; con un mostrador de mármol blanco sobre el que descansaba una antigua registradora y tras el cual, y en una mesa camilla, pasaban las horas las dos hermanas rechonchas vendiendo los pasteles que Eloy, el hermano, confeccionaba en su obrador.

De todas formas, creo que éramos una generación poco dada al dulce y más a los productos hortícolas que a lo largo del paseo de la Mota nos ofrecían las hortelanas en los meses de estío.

Ahora el mercado de las chuches es tan amplio que necesitaríamos páginas y páginas para detallar cada uno de los productos con los que atosigan a nuestros críos.

Sus colores atrayentes, su tacto, sus formas, su variedad, se multiplica cada día, aunque el sabor sea casi idéntico, pues no deja de ser azúcar.

Todo está bien pero, ¿quién no echa de menos el sabor del caramelo de toda la vida? Incluso ese azúcar tostado que nuestras madres nos confeccionaban en la sartén.

Al menos hay algo que nos endulza y nos hace olvidar lo amargo que es vivir cada día.

A veces es bueno despertar en nosotros estas nostalgias que nos trasladan a otro mundo que ahora añoramos como fantástico que era y en el que los odios, si los había, vivían solapados, como vivían las envidias o los rencores.

Una sociedad no sé si más justa, pero sí más comunicativa.

El mundo de las chuches que hizo exclamar a una adolescente: "Señor, me quiero morir aquí", al entrar a una confitería recién inaugurada y ante las 500 referencias que ofrecía, como regaliz neozelandés, chocolatinas norteamericanas, golosinas suecas, jarabe de arce canadiense y hasta gaseosa japonesa.

Un mundo que necesitamos endulzar para poder sobrevivir en él ante tanta barbarie y tanto escalofrío con el que nos despiertan cada mañana.

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