Aunque pueda sonar mal, o cuanto menos raro, la cosa es así o, al menos aparentemente, es así: existe un grupo de mujeres universitarias españolas que gustan de presumir de ingenuas. Y si no díganme ustedes cómo una licenciada perteneciente a la realeza, a la sazón brillante empleada de un banco -de soltero caja de ahorros- no se ha enterado de los tejemanejes que se traía su marido con empresas a las que ella no era ajena. Cómo una ministra tampoco se ha enterado de la reiteración de delitos de su pomposo esposo, que tan pronto hacía aparecer un coche de superlujo en su garaje como financiaba viajes familiares de chúpame domine. Cómo, de la misma manera, la esposa, y a la sazón directora de una empresa de "wifi", desconocía que su marido -fundador y presidente- tenía en un paraíso fiscal un montón de millones de euros, salidos de la misma sociedad en la que ella era una brillante ejecutiva. Todo ello presuntamente, porque en este país, exceptuando los chorizos del tres al cuatro, todos los demás somos, en el peor de los casos, presuntos.

Pues, si estas destacadas licenciadas se encuentran a ese nivel cognitivo de las cosas que les rodean, si no se enteran de los temas relacionados directamente con su preparación universitaria, ¿como estarán las demás? Pues, las demás, al menos las que yo conozco, sean universitarias o no, conozcan o no los intríngulis del "cash flow", de las primas de riesgo y del análisis de estados financieros, resulta que no solo están al tanto de lo que sucede a su alrededor, sino que también administran, con primor, los ingresos que llegan a la unidad familiar de la que forman parte. Y es que estas mujeres no pueden permitirse el lujo de ser ingenuas, porque de serlo no llegarían nunca a final de mes. Tampoco se pueden permitir el lujo de amar locamente a sus maridos, hasta quedar tan obnubiladas como la Eloísa de Abelardo (No la que estaba debajo de un almendro), porque si decidieran separar un instante los pies de la tierra probablemente perderían, en un pispás, su puesto de trabajo.

Pero claro, eso no lo deben de saber algunos de los jueces que juzgan a algunas de esas ingenuas mujeres, puesto que no han caído en llamar la atención a los abogados defensores de las presuntas, cuando utilizan como argumento un cuento chino, de película de serie B, que no solo molesta, sino que hiere la sensibilidad de quien lo escucha. Debe de ser porque nuestros jueces, dependiendo de quien se trate, se muestran poseedores o no de una enorme paciencia que dejaría pequeño al santo Job, como tampoco parecen reparar en que si bien muchos cines están cerrando, también se están abriendo nuevos museos.

Claro que hay otras abnegadas esposas o enamoradas amantes de alcaldes, a las que les llegaban todos los días, sus solícitas parejas, con unas cuantas bolsas de basura conteniendo un montón de billetes, que les parece que eso no es sino una escena cotidiana propia de cualquier hogar que se precie. Este otro tipo de ingenua, no se cansa de repetir, sin que se le muevan mínimamente las pestañas, que lo del dinero en una bolsa de plástico le pasa, al que más y al que menos, casi todos los días. Y digo yo si será porque nunca han sacado la basura a los contenedores para poder comprobarlo. O porque los demás somos muy mal pensados y nos equivocamos al tacharlas de delincuentes y caraduras. Yo, particularmente, estoy pasando últimamente por una crisis de conciencia tremenda, porque me ha dado por pensar que estoy juzgando demasiado severamente a ese ejemplar modelo de ciudadana, de manera que, por si acaso, el otro día me dediqué a inspeccionar las basuras de unos cuantos contenedores de la ciudad, con la esperanza de encontrar alguna bolsa con dinero que diera al traste con mi teoría. Pero no era mi día de suerte, porque en la basura solo encontré eso: basura. Basura y alguna foto de esas ingenuas ciudadanas que no se conforman solo con esquilmarnos, sino que también pretenden tomarnos el pelo. Aunque puede que sea con el sano propósito de que volvamos a creer en los Reyes Magos, y eso es de agradecer. Aunque también podría ser que lo que pretenden es llevarnos a pasear por el lado oscuro de la vida, y eso estaría muy feo. Porque, ya está bien que algunos disfruten todos los días de una bella puesta de sol, mientras la mayoría se ve obligada a dar paseos sin sentido en busca de un lugar decente donde poder vivir, con pocas posibilidades de encontrarlo.