La pregunta es obvia y nos la hacemos millones de personas: ¿cómo ha sido posible que los enredos del "molt honorable" don Jordi y sus polluelos (Pujol, según el gran lingüista Alarcos Llorach, significa polluelo) hayan permanecido tapados no solo los 23 años de presidente de la Generalitat, sino unos cuantos más-Mas por delante y por detrás? Dicen los que están al loro de esto que el embrollo se sabía desde hace muchísimo, pero que nadie se atrevió a hacerlo público por el ambiente cuasimafioso que Pujol imponía en Cataluña y por las maquiavélicas relaciones que siempre mantuvo con los Gobiernos centrales (léase Felipe González y José María Aznar) en las que hubo cesiones y contracesiones amparadas por el silencio y las teorías del mal menor y la Cuestión de Estado. No es difícil imaginar que si González o Aznar amenazaban con descubrir el pastel, Pujol dijera que, como hizo en 1984 con el caso Banca Catalana, les echaría encima a los ciudadanos catalanes alegando que se trataba de un ataque contra Cataluña. Es decir, un enfrentamiento político y social que a nadie interesaba y menos en las épocas en las que ni PSOE ni PP tenían mayoría absoluta y, por tanto, necesitaban a CiU para mantener la estabilidad. Y tampoco es complicado aventurar que si Pujol se pasaba en sus reivindicaciones o presionaba en exceso, González o Aznar insinuaran que se podían conocer muchas cosas de los negocietes de la familia. Y entonces sería Pujol quien cambiara de tema.

Estos líos permanecían en el universo de la ficción, aunque todo el mundo supiera que pertenecían a la realidad. Y si afloraban, se montaba la de dios es cristo, como cuando Pasqual Maragall le dijo en el Parlament a los diputados de CiU que su problema se llamaba 3%, comisión que, según todos los rumores, se exigía a los empresarios que quisieran optar a obras oficiales. ¿Dónde iba aquel pastón? Ahora ya vamos sabiendo algo más, incluidas herencias en Andorra y Ferraris y Porches comprados a 3.000 euros. También se echó tierra sobre aquel escándalo. Maragall tuvo que rectificar y pedir perdón, y aquí paz y después gloria. ¿Por qué? Porque, una vez más, CiU, para tapar las vergüenzas de la gestión de Pujol, se envolvió en la "senyera" y consideró cualquier crítica al "molt honorable" como un ataque a Cataluña. Por tanto, Maragall, si persistía, sería un mal catalán, como cuando Franco llamaba antiespañol a todo aquel que no comulgara con el Movimiento. Nada nuevo bajo el sol.

Ahora que se ha descubierto el Pujolgate y que salen a relucir a diario los manguis de sus retoños (¡menos mal que solo tiene siete!), se han tambaleado los cimientos de muchas cosas, entre ellas la construcción de ese clima independentista basado en el "España nos roba" y aquí somos más puros, limpios, altos, rubios y listos que del Ebro para abajo. Jordi Pujol ha sido durante muchos años referencia, ejemplo y guía del catalanismo y líder, casi dios, de una sociedad que veía en él el paradigma de sus virtudes y de su forma de entender la vida. Y todo eso se ha desmoronado de golpe. ¿Cómo asimilarlo?, ¿cómo reaccionar? En esas estamos todos. Y digo todos porque el problema también repercute en el resto de España y en el futuro común. Pero el choriceo pujolesco tiene que provocar más reflexiones. Y vuelvo al principio: ¿cómo fue posible tanto silencio durante tanto tiempo? Pujol, sus niños, los cargos de la Generalitat, CiU se lucraron con sus birlibirloques, pero ¿y los demás?, ¿por qué callaron-callamos?, ¿por qué ni siquiera responsables del Gobierno central, gentes del PSOE y del PP alzaron la voz para denunciar lo que estaba sucediendo y que ha acabado desembocando en la grave situación actual?, ¿tanto miedo había a don Jordi y su capacidad de arrojar a Cataluña contra España si se revelaban sus trapisondadas?, ¿tan cómodos y cagaditos nos hemos vuelto todos?, ¿qué hicieron los medios de comunicación, sobre todo los catalanes, pero también los nacionales?

Muchas preguntas para una sola conclusión: los demás también tenemos nuestra cuota de responsabilidad, aunque sea pequeña, en todos los escándalos de corrupción que nos embadurnan y especialmente en este, por su duración y por las tremendas consecuencias que tiene, nada menos que la marcha hacia la independencia de Cataluña. La semilla la puso el propio Pujol mientras almacenaba pasta fuera de España. Y ha ido creciendo regada por un ambiente en el que don Jordi era Cataluña y Cataluña era don Jordi. Y lo más grave no ha sido el protagonismo de unos cuantos, sino la indiferencia, el silencio de los demás. Por ello, como escribió el filósofo Reyes Maté: "Cuando sucede lo impensable, aparece lo que da que pensar".