10 de diciembre de 2013
10.12.2013

Acabó el otoño micológico; momento de reflexionar

10.12.2013 | 09:37
Javier Talegón

Se dice en La Carballeda que «los boletos nacen veinte días después de llover». Y la verdad es que días después de un inicio de otoño lluvioso y sin heladas, han aparecido las condiciones esperadas para el renacer micológico. De hecho, los pasados octubre y noviembre han sido testigos de una excepcional temporada de setas en el oeste zamorano; en Aliste o en Sanabria, todo el mundo ha salido en busca de cucurriles, boletos o setos. En la comarca de Toro los protagonistas han sido los níscalos. La abundancia y diversidad de especies se ha considerado rica y diversa.

Para bien (y también para mal) han pasado los tiempos en los que, en tierras de Sanabria, se conocían solamente dos grupos de setas. Las únicas comestibles eran los cucurriles (nombre que incluye a las Macrolepiotas) aprovechados a cuchara y tenedor por los paisanos de los pueblos; y el resto eran las denominadas «cacaforras», desconocidas, sin aprovechamiento ni interés gastronómico, dejadas al alcance del ganado para que este las consumiera o a las que, simplemente, no se prestaba atención.

Después vino lo que podríamos denominar «el boom» de las setas y de hecho, durante las últimas temporadas se puede afirmar que son cada vez más los aficionados que salen en su búsqueda. En tiempo de setas, las librerías visten para la ocasión sus escaparates con numerosos títulos, especialmente guías micológicas. Se realizan exposiciones que reciben cientos de visitantes y que suponen lo que ya es una alternativa de ocio para curiosos y especialistas. En los bares de muchos de nuestros pueblos se habla sin parar de «kilos de boletos», de setos, de níscalos o de fulanita de tal «que es una gineta buscando setos». Fotos de ejemplares curiosos, raros o relevantes se hacen eco en la prensa y o compartidas por e-mail o por WhatsApp.

Parece incluso que los centros de salud de muchas localidades reciben menos visitas durante las semanas de auge micológico («nadie se pone enfermo» decían en Ferreras de Arriba hace ya unas semanas). Además las fechas de mayor explosión micológica suponen el periodo de vacaciones anuales para muchos, que las reservan para estas fechas; y es que en época de crisis, el recurso de las setas puede suplir algunas carencias económicas de este difícil periodo que nos ha tocado vivir.

El aprovechamiento ordenado de las setas supone un pilar importante en las economías zamoranas, especialmente en las del noroeste, donde son ya numerosas las empresas transformadas o los empleos derivados. Los menús micológicos suponen un motor para el turismo gastronómico, siguen poniendo a Zamora en el mapa y popularizando parte de su riqueza natural. Y también son los cotos de setas, que de forma incipiente, están poco a poco ordenando la gestión de este recurso, mediante permisos específicos que permiten recaudar unos ingresos a los pueblos y generar empleo en forma de guardería micológica. Todos estos son los primeros pasos en la dirección correcta.

Pero la cara gris del tema micológico también ha quedado bien manifiesta durante este otoño. Y aquí es donde parece necesario insistir. Todavía es posible encontrar la lata de atún y la de cerveza abandonadas a su suerte en cualquier pinar, testigos mudos del trasiego de seteros de medio pelo. No es raro observar tampoco a grupitos de personas que, armadas de bolsas de plástico (prohibidas para la recolección), merodean por las lindes de cualquier pastizal en busca de setas de cardo o de parasoles. Es posible también comprobar las frecuentes malas prácticas manifestadas con setas volteadas, con suelos excavados y/o levantados, dejando a su suerte los delicados micelios que no se deben alterar lo más mínimo.

Y por su puesto nos podemos quedar perplejos (como hace unas semanas en Muelas de los Caballeros), viendo a un paisano descargar de un coche tres o cuatro cajas de Boletus edulis, para volver de nuevo a los pinares en busca de unos pocos más; esto ya no es aprovechar el recurso, es explotarlo hasta la extenuación. Y es que a este paso determinadas especies pueden sufrir una abusiva recolección y posiblemente esto ya esté ocurriendo en numerosos puntos; de hecho y según algunos especialistas, ya hay especies que comienzan a sufrir los efectos de su popularidad y de su directa explotación, como el níscalo (Lactarius deliciosus); esta especie posee el delicado honor de ser muy bien conocido entre todo el mundo, y de que difícilmente se confunde con otras especies.

Respecto a las algunas exposiciones de setas, si bien suponen para muchas personas un estupendo primer contacto con el mundo micológico, quizá se deberían aprovechar un poco más para las labores de sensibilización. Estos populares eventos, que atraen a centenares de ciudadanos todos los años, suponen también una oportunidad de oro no solo para conocer, sino también para profundizar y descubrir lo que es micorriza, un micelio, la importancia ecológica de los hongos o las buenas prácticas de recolección. Las exposiciones de setas no deben ser exposiciones sin más, deben trabajar en la sensibilización de la sociedad sobre el mundo micológico.

El planteamiento que se debe seguir en las salidas y rutas micológicas es bien sencillo: explicar, conocer, comprender y por qué no, recolectar, pero siempre con cabeza y con ética. No es lo mismo organizar una actividad para recoger setas sin más (esto no interesa), que explicar a modo introductorio el Reino de los Hongos, sus características biológicas, su importancia ecológica (su función y la relación con las plantas y con los ecosistemas); o explicar en detalle las formas de vida de estos seres vivos, así como su trascendencia en la historia humana, sus usos medicinales y tradicionales. Parece también fundamental explicar (y repetir) las buenas prácticas de recolección. Las salidas y rutas deben ofrecer información a los participantes sobre los modelos de gestión y cómo no, asesorarles sobre los restaurantes especializados donde pueden disfrutar de estos manjares de nuestra tierra.

Han pasado ya los años en que el recurso micológico era ignorado. Ahora ya es un valor intrínseco de nuestros pinares, de nuestros robledales e incluso de matorrales como los jarales, que por cierto, la gente ya comienza a valorar y apreciar. Las setas pueden frenar poco a poco la lacra de los incendios y pueden favorecer el nacimiento de otra visión del monte, una visión de compromiso con nuestras masas forestales y de matorrales. Pero también es cierto que necesitamos una mayor regulación de los recursos micológicos, sencillamente porque podemos sobreexplotarlos, destruirlos y en el mejor de los casos, alterarlos. Es momento de ponemos a trabajar en la dirección correcta.

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