Opinión
Herminio Ramos
La hora del «Ramos Carrión»
Por fin hemos visto rematadas las obras del teatro cuyo nombre nos recuerda siempre a una de nuestras figuras de las letras, ese noble edificio que por su emplazamiento y alineación nos hace revivir también el grandísimo fracaso del gran proyecto de Plaza Mayor de 1892, proyecto del que solo nos quedan los actuales soportales y, en el arranque de la calle Ramos Carrión, el tocón que coincide con el comienzo de la fachada de la Diputación. Este tocón marca el límite de la cara oeste del citado proyecto de Plaza Mayor. Como complemento, en el tramo de la Rúa desde la Plaza Mayor hasta el palacio de los Condes de Alba y Aliste, llevaría soportales como lo demuestra el portalón de entrada al Palacio de la Diputación tras de su artística fachada. En los primeros años del pasado siglo cuando comienzan las obras del Teatro Ramos Carrión se deja el espacio para respetar el plan.
Pero las cosas no contaban con los de siempre y el primero que se llevó por delante el plan, y así consta en las actas, fue el propietario de la casona que marca la plaza y llega a la plaza del Fresco, adonde dio la fachada saltándose las ordenanzas municipales que mandaban que toda casa que diera a la Mayor debería llevar soportales. Esta casona mantuvo una larga lucha con el Ayuntamiento hasta el punto de provocar hasta tres cambios, cargándose definitivamente el sueño del ágora que tendría de lado siete metros más que la de Salamanca según consta en el plano. El proyecto sufre una pequeña reforma, la de mover el viejo Ayuntamiento hacia atrás para colocarlo perfectamente a noventa grados con el final de los soportales donde se inicia la calle Renova.
A continuación la citada casona surge la que marca la Rúa y Alfonso XII que ahora es la digna vecina del remodelado Teatro al que crea un desafortunado contraste con esos muros de fondo, triste y desafortunado contraste con la suave y delicada belleza de la fachada del Teatro. Algo habrá que hacer sobre esos desmantelados muros para respetar por lo menos el conjunto.
El espacio que un día se destinó para soportales se abre hoy a la belleza que desde fuera nos ofrece el teatro pero que nos guardará dentro por la que las letras a través de la escena nos llevarán tan lejos y tan alto como nos permita nuestra capacidad de adaptación. Un siglo de vida bien merece como teatro su reconocimiento histórico como principio y afectivo para quienes hemos disfrutado desde aquel célebre y acogedor «general» escenas, frases y anécdotas que merecen un recuerdo.
En cuanto al citado proyecto de la Plaza, fracasó. Y nos ha dejado con ese fracaso un detalle no menos digno de tener en cuenta: se salvó la iglesia de San Juan, la historia no tiene marcha atrás pero muchas veces se repite. El teatro Ramos Carrión supone una enhorabuena para todos.
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