Lavadero y secreteo suelen ir de la mano, pero los de lavanderas nunca son secretos bien guardados. Uno de los grandes lavaderos de dinero negro, el Banco Vaticano, está de nuevo en la picota por camuflar un detestable tráfico mundano en la opacidad de las cosas de iglesia. Pretensión baldía porque, contra todo pronóstico, el discreto dinero se ha hecho muy escandaloso. Los grandes seísmos de ese banco atípico desembocan unas veces en suicidios y otras en destituciones fulminantes. Pero ocurre que, al menos dos papas (uno de ellos con un pontificado tan largo como el de Juan Pablo II) quisieron meterle mano sin resultados apreciables. Da la impresión de que la verdadera jerarquía no culmina en el papa sino por debajo de él, a niveles de curia con estatus independiente. El enorme edificio macizo y gris que, en medio del estado vaticano, alberga la única sede y el búnker de la institución, se ha hecho transparente, y sus maniobras corruptas conllevan grave riesgo para una de las primeras religiones del mundo, la más rica ya que no la más numerosa.

Da pena ver que un traficante de fraudes, un timador como Giovanni Carenzio, que desplumó a una parte de la burguesía canaria, aparece en el primer plano del por ahora último episodio y comparte cárcel con un prelado, mientras que el administrador dimite y el buen papa Francisco toma conciencia de la casi inabordable tarea de convertir las finanzas de su pequeño estado en un concepto al menos honorable, pues santificar el dinero parece un contradiós en los tiempos que corren. No menos triste es imaginar los infinitos renglones torcidos que los modestos óbolos y las grandes donaciones han de recorrer en pos de la línea recta (que nunca pasa por la contabilidad del ávido banco). Y da ganas de llorar la constatación de que los relatos históricos o novelescos sobre los secretos del Vaticano no fueron fábula sensacionalista ni deporte de herejes. Con estilo y lenguaje distinto del de sus predecesores, pero con la misma vergüenza, el buen papa reinante prometió la enmienda apenas tomó posesión. Dan ganas de pensar que la demora en salir al balcón (que hizo evocar la famosa película «Habemus papam», de Nanni Moretti) obedeció al ultimátum de Bergoglio a los curiales responsables del IOR (Instituto para las Obras de Religión, que así es el piadoso nombre del turbio banco): «O me dejan actuar o me vuelvo a Buenos Aires».

Pues ojalá consiga lo que Juan Pablo y Benedicto dejaron en tentativa. La fe religiosa es un asunto respetabilísimo y con frecuencia heróico. Lo que se mueve a su alrededor no se priva de uno solo de los errores humanos. Francisco rehúye el boato y se acerca a los pobres, pero el lavadero sigue activo, evadiendo moneda que no tributa y engordando negocios insolidarios a despecho del paro, el hambre y la humillación de muchos creyentes. ¿Recuerdan quién entró, látigo en mano, a limpiar el templo de mercaderes?