La rutilante estrella de Óscar López va camino de transformarse en supernova. El buen López ha adquirido un punto de faquir, a puro de sortear los clavos que le iban sembrando sus compañeros de Castilla y León, tierra adoptiva en la que se le ha puesto cuesta arriba el nombramiento de hijo predilecto y no solo por ser de Madrid.

De hecho, ha jugado con fuego más de una vez, aunque las hogueras no las prendiera él de primera mano. Antes de ascender al Olimpo de Ferraz, cuando le dio por intentar ganar votos a golpe de pedal, el entonces candidato a presidente de la Junta ya dio positivo en chamusquina, la de la barbacoa del fin de etapa cicloturística en Riomanzanas, que le costó una multa de 500 euros del Seprona por encender fuego en un paraje natural donde estaba prohibido y que le dejó secuelas psicológicas: dicen que desde entonces no soporta que le mencionen a Georgie Dann. Lanzó el dedo acusador hasta que defenestró a la plana provincial de Zamora, que desde entonces lleva acumulando astillas, y remató faena en León, tierra minera donde ahora lo que sobra es carbón, y aquí lo tenemos, ardiendo en la pira mediática mientras sus damnificados corren a por más madera en pleno delirio marxista (de Groucho, que López gateaba cuando lo de Suresnes).

Hay varios candidatos a fogonero mayor y por el tamaño de la antorcha destaca el exdiputado Jesús Cuadrado. Otro error de cálculo, pues sabido es que el veterano socialista zamorano tiene tres cuartas partes de amianto en su composición política. En la confesión de internado protagonizada por el secretario de Organización del PSOE no han faltado balbuceos ni excusas idiotas. Que actuó cegado por la posibilidad de sacar al acosador Ismael Álvarez de la política, toma hipérbole. Dejémoslo en que actuó a ciegas, que parece ser el estado natural de la acción política española, unos y otros, en los últimos años. Si al menos hubiera alegado sobredosis de botillo berciano, habría logrado congratularse con la hostelería local y a Cecilio Lera, como buen cocinero, le hubiera costado más ponerlo a caldo. Así lo que ha conseguido es servirle de escabeche, cual pichón castroverdiano.

Es quizá la penúltima factura de una izquierda desclasada que ya ni lee a sus clásicos. Tal vez en aquel fuego de barbacoa que tuvo de todo menos de purificador, sus enemigos utilizaron como combustible el último ejemplar del «Ensayo sobre la Ceguera» de Saramago, donde el Nobel retrataba las miserias humanas. El de López ha resultado peripatético y oscuro, como la materia que asoma bajo la moción de censura de Ponferrada.

O quizá, simplemente, ni él ni otros como él, jamás serán capaces de aprender nada. Con tal ejercicio continuado de audacia, no me extraña que López haya sido designado para convencer a Medel en la compra de la cuasidifunta Caja España-Duero. Le van los desafíos extremos y las mascletás. Será por ello que acaban sordos, además de ciegos.