La vieja villa templaria bien vale una visita. Hay que dar un paseo alrededor de la villa contemplando la muralla para descifrar el porqué del Trincherón y la Estacada. Entrar en los cubos para ver sus magníficas bóvedas. Ya intramuros, ver la iglesia de la Asunción construida por la orden del Templo en honor de Santa María, que conserva, protegido por decimonónica verja, el pórtico románico original en el que se exhiben lápidas y estelas romanas y visigodas. En el interior de la iglesia podemos ver preciosos altares de distintos estilos, magnífica imaginería entre la que cabe destacar un Cristo protogótico del siglo XIII, y la pila bautismal. Adosado a la iglesia, con comunicación interna, está el palacio del marqués, hoy residencia de ancianos. Salimos desde este antiguo barrio hacia la parte más moderna, por la puerta del reloj, cubo de la muralla emblema del pueblo, y accedemos a la plaza para, tomando un café en el Central, echarle un vistazo.

Por la calle San Francisco nos acercaremos a la iglesia del mismo nombre donde está la Virgen de la Salud, patrona de Aliste; construida bajo la dirección de Gil de Hontañón, con financiación y mandato de Francisco Enríquez de Almansa, primer marqués de la localidad, de quien conserva el ábside y el crucero. Ha sufrido varios incendios; fue restaurada por el arquitecto gaditano Joaquín de Vargas Aguirre en 1917, y luce una esbelta espadaña desde cuyo campanario daba verdaderos conciertos Manolo el Chivo. Contiguo a la iglesia tenemos el que fue convento de franciscanos hasta 1833, utilizado como recinto cultural, tiene una buena biblioteca, donde pueden preguntar por la leyenda de la Virgen y le informan de las cosas de interés de la localidad. Si tenemos tiempo, debemos dar un paseo para ver las fuentes que hay por los alrededores en las que, salvo en la de los Burros y la de Valorio, pueden echar un trago. Además de las mencionadas existen: la Fuente Buena o de los Caños, la Fuente Herrada, la de la Quinta (con historia de templarios) el Cañico de abajo y el Cañico de arriba. Todas, aparte de bonitas, de agua finísima. Hay otra, la del Pingón, puerta de acceso a oquedades de Peñacueva, aunque hoy no se puede acceder, en la que cae el agua como si fueran lágrimas de los amantes que prefirieron quedar allí encerrados para siempre a renunciar a su amor.

Después de la visita cultural, para reponerse del desgaste, son varios los atractivos que ofrece la villa, no pueden dejar de conocer los bares y degustar las tapas que ofrecen para acompañar los vinos o las cervecitas. Eso sí, no los visiten todos si solo disponen de un día. Llegada la hora de comer, pueden hacerla en el Disco Rojo, en la Atalaya, en María y Manolo, en el Mesón Asador Alistano o en la Toscana, hay donde elegir. Les aconsejo que pidan una chuleta asada y si tienen suerte y las hay: mollejas. Las dos cosas serán de ternera alistana y se chuparán los dedos. (A los restauradores locales me gustaría hacerles una sugerencia: ¿por qué en tiempo de matanzas no incluyen en el menú, aunque solo sea una vez por semana, la magnífica chanfaina? Este plato, aunque lleva un nombre que se repite en otros sitios, no tiene nada que ver con ninguno de ellos. Es algo muy especial que únicamente se hace en estas tierras). Disfruten relajadamente del exquisito café y de una copa, siempre que no tengan que conducir, en las magníficas cafeterías de la localidad. Compren pan y no se olviden de adquirir en la confitería unos borrachos y, si tienen niños, maragatos; se lo agradecerán.

Si la estancia es de más de un día, gocen de la posibilidad de hacer deporte y/o pasear por los magníficos bosques de robles y pinos de los alrededores. Podrán hacerla por la Raya e ir pisando con un pie España y con el otro Portugal. ¡Les parece poco!