No es tiempo este para ver más allá de la montura de las gafas. Bastante cuesta ya encajar los golpes directos al mentón del alma. Estamos, cada instante, a merced de Bárcenas y sinvergüenzas, de nuestra propia condición humana que nos arrastra por el canalillo de la sinrazón. Ese don singular que nos dieron solo a los humanos de intuir, de ver lo que va a pasar, casi siempre malo, nos mata, nos condena a un destino que empujamos a golpes de maza, como si fuera una pina de madera de encina.

Pero el horizonte ese que no vemos ahora por la neblina acuosa de acerados canallas, sigue ahí y es un reciclado de lo que será y de lo que ya fue. Ahí, en un pliegue estirado por lo que acabo de escribir arriba, vive una figura que sigue vivaqueando en la memoria como si se negara a irse al limbo (ahora, dicen que ya no existe, pero eso no es verdad, que yo lo veo cada vez que ojeo lo que nunca ha sido). Es la del sembrador de cereal.

No hay oficio más esponjoso. Ahora mecanizado, antes natural. Casi en sueños, los auténticos, los de la duermevela, veo a mi padre con medio costal al hombro, repleta la tela dura de granos de trigo o cebada (el centeno no se llevaba en tierras de pan llevar). En días grises, resfriados por el moqueo de las nubes temblonas, viesa arriba, viesa abajo, la mano entraba al saco mecánicamente, siempre la misma ambuesta, que se abría en compás. Los titos caían a su antojo (parecía), pero después, milagro, siempre nacían como si alguien hubiera puesto antes el cartabón.

Los días de siembra son siempre de esperanza. Es el símbolo más blanco del futuro. Y aunque ahora el oficio se ejerce con hidras de metal, atascadas de piezas que se revuelven como lo más íntimo de los cerdos, no deja de ser creativo este oficio, que cambia titos resecos y argañosos por sílfides verdes que devienen en espigas prietas y tostadas.

En estos tiempos dolientes y teñidos de borra que maniata el sentir, no queda otra que acudir a los símbolos que abren el horizonte y ensanchar el embudo que nos ahoga a cuentagotas. Sin duda, el del sembrador nos salva y nos hace respirar un poco en esta selva desértica donde, si hay brotes verdes, crecen debajo de la espesura yerta. No se ven. ¡Qué diferente la negrura de ahora a la claridad húmeda y preñada de la sementera!