Vengo de pasear la noche. No soy ave nocturna. Ni lechuza de cementerio. Qué va, ni mucho menos. Disfruto la cama, ahora, con manta zamorana y colchón de lana, vedija de oveja; igual que en mi pueblo, sin gloria arrosiada, niñez de sabañón. Somos así los de Tierra de Campos. Nos nacieron y crecieron de esa manera: sol sudado en verano, ladrido de hielo en invierno. Sin queja, tan felices. ¿O no? Todo lo demás, añadidos universitarios.

Pero de un tiempo a esta parte, en mi duermevela, me distrae una rumana entrada en carnes, sin lavar y acento oscuro. Me revuelve el golpeo brusco de la tapadera del contenedor de basura en la calle. Me irrita y sofoca.

-¡El contenedor de basura!

Llega la desconocida, con un niño llorón de poca edad, para escarbar parsimoniosamente con un palo el interior de aquel depósito infecto: bolsas de plástico, naranjas podridas, restos en descomposición, malolientes, zapatos de vivo o muerto, barras de pan enmohecido. Yo perjuro que es el hambre que anda suelto (jinetes del Apocalipsis); la muerte que ronronea por las calles en busca de alimento. Tragedia humana. Vertederos humanos. ¡Qué sé yo! Eso aquí cerca, a dos andadas de mi piso. Ya no hablemos de los basureros africanos, donde miles de niños cohabitan con las ratas, las enfermedades y las moscas metalizadas. Os aconsejo el libro de James Mollison, fotógrafo keniata, autor de «Where children sleep» (Donde duermen los niños), estampas donde la miseria infantil se hace lágrima.

--¡Oh, qué horror! Dime dónde duermes y te diré lo que eres. ¡El hambre mendigo! ¡El hambre en grupo! ¡La tarde llueve!

Me decido, como digo, a recorrer la noche. Que muy poco sé de ella. Solo lo que me cuentan los periódicos en sus crónicas de sucesos y mis hijos.

Porque me dijeron que allí estaban los mendigos, fui a la estación de autobuses. Tenía necesidad de conocerlos. Saber de sus vidas. Ese es el oficio del escritor, su trabajo, los achaques ajenos para poderlos contar.

-¡La realidad supera a la imaginación! Lo sé.

Allí estaban ellos, agrupados; mujeres y hombres de todo color y raza. Dormían en los bancos, en el suelo tirados, bajo mantas, entre sebosas mochilas. Uno se queda con ojos de cárabo, sin ulular palabras.

-¡Ojos de cárabo!

No digo nada. Ni pregunto a nadie. ¿Para qué? Me redoblan al oído las palabras de don Luciano, el sacerdote, alma de Dios, ejemplo de virtudes, donde todos los sin techo, pobres de solemnidad, tienen un templo en las manos de su corazón. ¿Lo sabe el papa de Roma? Pues nos espetó en el sermón: «Los indigentes son los hermanos de Cristo». «Los hijos pródigos -pensé yo- de la injusticia, de la golfería de unos cuantos sin escrúpulos, mafias internacionales, mal reparto de los bienes comunes.

Hoy, los mendicantes, carecen de nombre, lo (sin)+nombre. Muchos de ellos, por la crisis y el paro, están dentro de sus casas, horrorizados. Lo sabemos. Sin atreverse a suplicar una limosna. Epidemia, pateras ambulantes de secano.

En mi pueblo, allá por allá, había tres pobres y una pedigüeña. Recorrían los caminos tropezados y golpeaban las puertas con sus nudillos, rogando hogaza: «Ave María Purísima. Una limosna, por amor de Dios». Y desde dentro de la casa: «Espere» o (si no se daba) «Dios le ampare». Como eran muy conocidos, ya familiares, siempre les daban algo: pan, queso, un tarro de leche, poco dinero. Eran nuestros pobres, se sabía. Sabíamos de sus ajetreadas vidas, de sus miserias, de sus necesidades, de sus hambrunas. Cuando alguno moría, todo el pueblo le regalaba camposanto. Ahora los vemos acurrucados en el suelo, en las puertas de las iglesias, junto a los supermercados y no los conocemos. Dudamos, no nos fiamos.

-«Los indigentes son los hermanos de Cristo» -palabras del santo don Luciano.

Ocurrió la semana pasada, hace nada. Voy a contar. Una conocida mía, ella muy religiosa, llevó a un mendigo a su casa. Un anciano sin lavar, sin coser, sin pelar. Lo lavó, lo peinó, lo vistió con ropa limpia y le dio de comer. Ya repleto, el pobre se quedó dormido, cabeza en mesa. No había manera de despertarlo. Llegó el marido, se enfadó con su esposa. Llamaron a la policía. Vinieron a buscarlo. Nadie supimos lo que hicieron con él.

¿Qué hacemos con tanto menesteroso? ¿No hay dinero para la «sopa boba»? Se ve que a los estafadores, a los golfos conocidos, les importa muy poco el hambre de las vidas ajenas. Que visiten la estación de los mendigos. Yo, amén. ¿Tú qué piensas?