Desde que el pasado 11 de febrero el papa Benedicto XVI presentara su renuncia, la Iglesia ha estado en el candelero. Han corrido ríos de tinta, llegando en algunos casos la sangre al río. Tópico va y tópico viene, desinformación en el mejor de los casos, demagogia en el peor. Me vienen a la cabeza las palabras de Jesús: «Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?» (Jn 18,23). Por eso, siguiendo los pasos del maestro, en su última audiencia general, el papa sabio decía: «Desearía que mi saludo y mi agradecimiento llegara además a todos: el corazón de un papa se extiende al mundo entero. Aquí pienso también en cuantos trabajan por una buena comunicación, y a quienes agradezco su importante servicio».

Hace tres años, en las televisiones norteamericanas se comenzó a emitir un anuncio con las siguientes frases en voz en «off»: Nuestra familia está formada por gente de todas las razas. Somos jóvenes y viejos, ricos y pobres, hombres y mujeres, pecadores y santos. Nuestra familia se ha extendido por todo el mundo a lo largo de los siglos. Con la gracia de Dios, construimos hospitales para cuidar de los enfermos, fundamos orfanatos y ayudamos a los pobres. Somos la organización caritativa más grande del mundo, ofreciendo ayuda a los más necesitados. Educamos a más niños que cualquier otra institución académica o religiosa. Desarrollamos el método científico y fundamos el sistema universitario. Defendemos la dignidad de la vida humana, el matrimonio y la familia. Muchas ciudades llevan los nombres de nuestros venerados santos que recorrieron el camino de la fe delante de nosotros. Guiados por el espíritu santo, recopilamos la «Biblia». Somos transformados por la sagrada escritura y la tradición, nuestra guía desde hace dos mil años. Somos la Iglesia católica. Con más de mil millones de miembros en nuestra familia, compartiendo los sacramentos y la plenitud de la fe cristiana, llevamos siglos rezando por ti y por el mundo, cada hora, cada día, cada vez que celebramos la santa misa. Jesús mismo sentó las bases de nuestra fe cuando le dijo a Pedro, el primer papa: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». A lo largo de dos mil años, los sucesores de Pedro han guiado ininterrumpidamente a la Iglesia católica con amor y verdad en un mundo confuso y herido. Y en este mundo lleno de caos, problemas y dolor es reconfortante saber que algunas cosas permanecen firmes, verdaderas y fuertes: nuestra fe católica y el amor que Dios tiene a toda la creación. Si usted ha estado alejado de la Iglesia católica, le invitamos a una nueva mirada, Nuestra familia es una sola en Cristo Jesús, nuestro señor y salvador. Somos católicos, ¡bienvenido a casa!

Por tanto, y en honor a la verdad, querido lector, ¿por qué razón ha perdido usted el tiempo con las profecías de san Malaquías o los papeles del Vatileaks si con un solo evangelio (dos horas de lectura) le habría bastado para conocer cómo pasaron realmente las cosas? ¿De verdad cree usted que se acabará el hambre en el mundo si se venden todas las «riquezas» del Vaticano? Bien, vendamos la «Piedad» de Miguel Ángel, por ejemplo, que la compre Bill Gates. ¿Se acabaría el hambre en el cuerno de Etiopía? ¿O quizás es que existe algo más profundo, que se llama pecado, que hiere el corazón del hombre y su libertad; más aún, quizás existan «estructuras de pecado», como acertadamente denunció el beato Juan Pablo II? Por otra parte, si un particular compra dicha obra de arte, ¿qué hacemos los demás? Porque la belleza es también un bien común. Ah, y dicho sea de paso, lo de la clase de religión fuera de las escuelas, que, total, si el día de mañana nuestros hijos ignoran el significado del 90 % de la historia, la cultura y del arte que hemos heredado, tampoco pasa nada. De los logaritmos tampoco se van a acordar. Y hablando de acordar, ahora que me acuerdo, el IBI que lo paguen todos los edificios de la Iglesia que están exentos de él por no tener ánimo de lucro, que así empezarán a pagar también otros edificios que están en iguales condiciones (partidos políticos, sindicatos, ONG, etc.), que con la que está cayendo hay que arrimar todos el hombro.

Pero sigamos, sigamos, que esto se pone interesante. A ver, ¿cómo se conjuga la caricatura de un Joseph Ratzinger intransigente, de oscuro pasado nazi y cara de malo con su autobiografía, demás libros y escritos -en los que no se ha cansado de repetir que Dios es amor- y su figura dulce, humilde y entrañable? ¿Es la fe un cuento de hadas o algo solo para viejas y niños o será también razonable si Benedicto XVI ha dialogado con todo el pensamiento moderno y ha citado ampliamente en su magisterio a filósofos, pensadores y literatos, antiguos y modernos? ¿Qué presidente de institución o político ha pedido públicamente perdón por sus defectos como lo hizo el señor Ratzinger al renunciar a su ministerio o quién ha pedido perdón por los pecados -«por mí y por todos mis compañeros» como decíamos cuando jugábamos de pequeños - como hizo Juan Pablo II en el Gran Jubileo del año 2000? ¿Por qué por cada noticia de un cura, obispo, monja o fraile que mete la pata -que, dicho sea de paso, algunos no acaban de entender que la Iglesia es todo el pueblo de Dios, no solo estas vocaciones- no salen otras mil de esas de las que muestran que el bien pasa en silencio, sin hacer ruido?

Echemos un vistazo también a la historia. Mira que fuimos malos los españoles con la evangelización de América, ¿verdad? Pobrecillos indios, lo felices que vivían hasta que llegamos y arrasamos como nuestra Roja en el mundial. «Arrasamos» con un imperio como el inca a punto de desmoronarse, que se extendía a lo largo de unos 9000 km bajo un régimen de terror, y con los mayas que estaban en la civilizada etapa de los sacrificios humanos (pueden ver la película «Apocalypto», aunque es del católico Mel Gibson, tengan cuidado). Total, una pena. Tendríamos que haber hecho como nuestros colegas ingleses, en el norte de América, que desde el principio se mezclaron con los autóctonos?

¿Y lo de la Inquisición?, ¿y lo de las cruzadas? Pero, por favor, ¡qué barbaridad! Aunque son de la misma época que el milagro de luz de las catedrales góticas, pero, ciertamente, ¿cómo no vamos a rasgarnos las vestiduras ante tales vejaciones? ¡Nosotros somos hijos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 y de la ONU! ¿Cómo?, ¿las dos guerras mundiales, la bomba atómica, la Guerra Fría, los niños soldados, la falta de libertad religiosa? No, no, pero eso fue antes de 1948?

Si hasta aquí, querido lector, ha leído usted sin prejuicios, estará de acuerdo en que, y siempre en honor a la verdad, produce extrañeza que con los mismos datos se puedan pensar y escribir cosas tan distintas. Benedicto XVI ha hablado durante estos ocho años de «crisis cultural», de «pérdida de sentido religioso», de «analfabetismo religioso», de «profunda crisis de fe», pero también ha ofrecido la solución: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva».

Por eso, relea el texto del anuncio al que me refería arriba. Incluso lo puede ver en Internet. El anuncio se titula «Epic» («Épico») y forma parte de una campaña: «Catholics come home» ( «Católicos regresen»). Búsquelo en YouTube o en la página de la campaña del mismo nombre. Hace 16 años, el publicista norteamericano Tom Peterson acudió a un retiro espiritual y su vida cambió. Sintió que tenía que poner sus talentos al servicio de los demás. Gracias a las campañas publicitarias de su equipo más de 200.000 personas han regresado a la Iglesia católica en los EE. UU.

San Ignacio de Loyola en el n.º 22 del libro de los «Ejercicios Espirituales» habla de su famoso «Presupuesto». Allí, advierte él que «se ha de presuponer que todo buen christiano ha de ser más prompto a salvar la proposición del próximo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquira cómo la entiende, y, si mal la entiende, corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve». O con otras palabras, «No juzguéis, para que no seáis juzgados» (Mt 7,1). O también, «hablando se entiende la gente». ¿Es mucho pedir? Dios dirá. En cualquier caso, por mi parte, encantado. Sin conocerlo, rezo por usted, querido lector, y gracias por llegar hasta aquí. Y perdone, quizás yo también haya caído en algún punto de demagogia, pero le aseguro que en ningún caso he escrito estas líneas con tópicos, ni desinformado, ni con mala leche.