Hay personajes públicos que tal vez piensan que en su niñez fueron «bichos raros» o por muy mimados o por muy castigados; en su adolescencia serían unos tímidos timoratos llenos de incomprensión; y seguro que en su juventud fueron de todo, desde iracundos radicales y furibundos antisistema y antigubernamentales (estuviera la ideología que estuviera en el poder) hasta frikis pijines, burguesetes, aduladores o lo que hiciera falta. Ahora acaso quieran conocerse en sus vertientes más sencillas y más humanas y necesiten pensar que bien, bondad, concordia o paz deben conjugarse con prudencia y silencio, del mismo modo que estupidez y ruindad o perversidad suelen dejarse acompañar de brillo, clamor, colorines de neón e incluso de estallido de estrépito y vítores.

Consideran que han de encontrar un sentido moral a sus actuaciones y, como resultado, dudan. Señala Javier Muguerza en «La razón sin esperanza» que «una orden puede movernos a obrar aunque carezca de justificación y en esto se diferencia ciertamente de una prescripción moral que, para ser lo que es, ha de estar justificada». Entiéndase en los momentos actuales de profunda crisis económica y de necesidades de subsistencia que vivimos, como cada uno quiera entenderlo. Sería algo a tener muy en cuenta por los radicales y los estúpidos que hacen posible que sigan existiendo los violentos empedernidos o empecinados en acabar con todo.

A la hora de comentar algo sobre asuntos y agentes públicos, lo que queda en evidencia es que, si hubiera que actuar por una orden, los comentarios perderían su sentido y favorecerían intereses escondidos. O se actúa con absoluta libertad o desaparece la verdad. Al escribir hay que intentar saber cómo actuar con una justificación razonable. En las actuales horas de crisis social, de brutalidad callejera sin sentido y de movimientos electoralistas coincidentes (ya se empiezan a preparar para las autonómicas y locales, aunque parezca mentira) hay un deje de resquemor y, sin embargo, ¡qué difícil y qué poco reconocido ese deseo de objetividad que conlleva el intentar sobreponer lo claro y lo real sobre lo visceral y lo brutal, sobre las ambiciones y las vanidades, sobre las consignas y los intereses ocultos!

Por ser Zamora una provincia poco poblada y tener una capital no muy grande, puede decirse que hay pocas cosas que pasen desapercibidas. Bien mirado, esto tiene normalmente más ventajas que inconvenientes porque los problemas o los hallazgos se verifican con mayor celeridad y mayor serenidad que en las grandes urbes, donde el hastío y el cansancio hacen estragos. Por eso, podemos decir con tranquilidad que en esta tierra no podremos solucionar los problemas que tengamos si se repiten continuamente las mismas circunstancias o los mismos hechos que los causaron. ¿Se darán cuenta PP y PSOE y Adeiza e IU?