El odio, el amor, el rencor, son sentimientos difíciles de medir e imposibles de controlar. Un amigo enamorado me decía hace unos días que teme por la pérdida de su novia. Piensa que tontea con otros. Probablemente es pura ilusión, pero ese temor le ha llevado a una desesperación tal que ve brazos de gigantes donde solo hay aspas de molinos.

Yo comprendo a mi amigo. En el juego del amor el temor es la peor carta. Quizás sea cierto que los menos enamorados son los que menos celos sufren. Las pasiones humanas siempre acaban siendo desordenadas, incontrolables.

Por eso yo comprendo también a Ángeles Pedraza, presidenta de la Asociación de Víctimas del Terrorismo. Ella tenía una hija y los asesinos la mataron. Por eso desea que el gobierno no ceda al chantaje de los terroristas. Quiere que no se excarcele a Bolinaga, el criminal que secuestró y torturó casi hasta la muerte a Ortega Lara.

El tal Bolinaga tiene cáncer y desea pasar los últimos días en familia, pero Ángeles confiesa que ella también tiene cáncer y su hija no puede estar para acompañarla en estos días tan duros, porque los etarras asesinos se la arrebataron de forma cruel.

La sociedad, en esto, está muy dividida. Quienes vemos de lejos los toros, pensamos que la piedad es una fórmula que conduce a la reconciliación. Pero a quienes les arrancaron la vida de sus familiares a tiros, eso no les parece justo. Creen que quien la hizo, debe pagarla hasta las últimas consecuencias.

Si el asesino está a punto de morirse, yo le dejaría morir en paz, entre los estertores de sus remordimientos. Pero no entre el gozo de sus partidarios, que jalearán las proezas realizadas con la sangre derramada. Si su salud es una pésima salud de hierro, yo le dejaría pudrirse entre barrotes.

Hay quien dice que dejarle morir en la cárcel es una pena de muerte anticipada. Para muchos, eso es lo que merece criminal tan repugnante. Pero no debemos caer en el error americano donde son capaces de ejecutar a un asesino corto de entendederas.

La anunciada muerte del torturador está siendo utilizada por el círculo proetarra y explotada por quienes añoran el tiro en la nuca. Y dispuestos a echarle un pulso al Gobierno y doblarle la muñeca, han comenzado a hacer huelgas de hambre. Las huelgas de hambre entre los etarras ya se sabe en qué acaban: en un meter la barriga para hacerse la foto, y poco más.

Pero la venganza no puede ser eterna y el tiempo tendrá que ir curando las cicatrices. Aunque de momento, la cárcel siga siendo la mejor sutura para un mundo negro de boinas y capuchas que eligió la muerte como camino para la libertad. Y una libertad labrada sobre las huellas de los cráneos torturados no es libertad, es un chantaje. Y si la democracia ha sido firme contra el terror, no debe aflojar ahora que tiene al terror entre barrotes.

Yo creo que las serpientes siempre se revuelven, siempre acaban por mover la cola antes de morir, pero la tenacidad, que no la ira, la justicia, que no la sed de venganza, deben presidir nuestros actos. En la generosidad las víctimas acabarán encontrando alivio, acomodo, y los matadores remordimiento.

Otegui, al que quieren hacer lendakari sobre una pira de cadáveres inmolados por la libertad, se suma a la huelga de hambre. No se preocupen. No morirá ni adelgazará. La mayoría de estos tipos se alimentan de la sangre de los inocentes. Desde luego, si el asesino ese se muere, que le dejen morir con dignidad, pero sin aprovechar su muerte para, sobre ella, edificar un monumento a la cobardía y el asesinato.

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