Se trata de una de las principales contribuciones alemanas a la flexibilización laboral: los dichosos «minijobs» o «miniempleos» los inventó en 1999 un gobierno de centro izquierda -coalición entre socialdemócratas y verdes-. Y siguen levantando polémica.

Hay actualmente en ese país 2,4 millones de personas que tienen algún trabajo de ese tipo. Y quien desempeña un «minijob» -¿por qué no llamarlo «empleíllo o empleúcho»?- no tiene derecho a ninguna de las prestaciones de la Seguridad Social ni al seguro contra el desempleo.

Los introdujo el Gobierno del canciller socialdemócrata Gerhard Schroeder con la intención de combatir el empleo clandestino en los hogares y facilitar por otro lado a los desempleados la entrada en el mercado regular de trabajo.

Pero, como critica el semanario Der Spiegel, no se consiguió ninguno de esos dos objetivos. Según un estudio del Instituto de la Economía Alemana, de Colonia, publicado en 2009, alrededor de 2,7 millones de familias empleaban regularmente a una persona en el hogar. Sin embargo, solo se había dado de alta a 200.000 de esos trabajadores, cifra que tres años después no pasa de 234.000. No llega siguiera al 10%.

Otros estudios de institutos alemanes, como el de Nuremberg, indican que tampoco se ha cumplido el otro objetivo buscado por los socialdemócratas y que los «minijobs» no funcionan como trampolín para que quienes no tienen un trabajo estable puedan conseguirlo,

El grueso de quienes tienen alguno de esos «empleíllos», señalan esos estudios, corresponde a amas de casa -un 42% del total-, jubilados -un 20%-, estudiantes -22%- e incluso personas que tienen ya otro trabajo y quieren aumentar sus ingresos.

En los últimos años ha crecido el número de «miniempleos» debido al número de personas que tienen ya un trabajo a tiempo completo, pero quieren aumentar de esa forma sus ingresos pues, como explica el citado semanario, las horas extraordinarias están siempre gravadas pero aquellos están totalmente exentos.

Los liberales, en el actual gobierno de coalición con los cristianodemócratas, pretenden elevar de los 400 hasta 450 euros el tope de ingresos fijado para esos miniempleos, cantidad que cobran neta quienes los desempeñan al no tener que pagar ningún impuesto. Su argumento es que conviene ajustarlos a las subidas salariales de los diez últimos años ya que no se habían tocado desde hace diez.

El ministro de Economía, el liberal Philipp Rössler, defiende esa modalidad de empleo porque, según él, permite flexibilidad y da ventajas competitivas a Alemania. Asimismo está a favor de que se suba el tope en 50 euros mensuales. En los sindicatos acusan a ese ministro de querer ayudar así solo a sus amigos de la gastronomía, sector en el que el número de «miniempleados» ha pasado desde 639.500 en el año 2004 a 835.000 en la actualidad, según el citado semanario.

Pero algunos de sus aliados cristianodemócratas como la titular de la Familia, Kristina Schroder, no están de acuerdo y dicen que la subida solo servirá para reforzar la «tendencia a los bajos salarios» y no favorece, como sería de desear, la participación en el mercado regular de trabajo.

Fomentar esos «empleúchos» va además en contra, diríamos nosotros, de lo que, desde muchos países europeos -y desde la Casa Blanca de Barack Obama- se está reclamando a Alemania: que aumente el peso de los salarios regulares en su PIB y consecuentemente el poder de compra de sus trabajadores de forma que consuman más productos y servicios de los países en crisis del Sur del continente.

Afortunadamente, en Alemania parece aumentar el número de empresas, algunas de ellas multinacionales, que tratan de sustituir muchos de esos «empleúchos» por contratos regulares con los correspondientes beneficios en materia de seguridad social y seguro de desempleo porque consideran sus responsables que es la mejor forma de motivar a los trabajadores e invertir en el futuro. ¡Tomen nota aquí los nuestros!