Había una vez un tipo en Alemania al que le echaron una maldición: cada vez que hablase, saldrían de su boca sapos y culebras, y por cada palabra que pronunciase saldría un sapo más, o una culebra. Como se pueden imaginar, el pobre hombre estaba desesperado, y consultó con todos los expertos que tuvo a su alcance, tanto médicos, como teólogos y hasta brujos y adivinos, en busca de una solución para su horrible caso. Pagó misas, compró brebajes y hasta hizo una peregrinación a Tierra Santa. El pobre hombre lo probó todo, menos lo evidente: CALLARSE.

Por ese mismo escenario estamos atravesando ahora mismo con las constantes declaraciones del presidente del Banco Central Europeo, el ministro alemán de finanzas y hasta la portera de la Reserva Federal. Eso en lo que se refiere al Exterior.

Puertas adentro, en España seguimos como siempre: olvidando la evidencia de que nadie nos quiere prestar un duro y de que nuestros problemas tienen que ver fundamentalmente con la necesidad de gastar lo que no sabemos cómo ingresar.

Y así, tenemos al Gobierno diciendo que va a meter en cintura a las autonomías y a los presidentes autonómicos llamando a la rebelión contra los planes de austeridad y asegurando que la ley se la van a pasar por el arco de triunfo, como en otras ocasiones. Más que discusiones entre gestores en un momento de emergencia parece que asistimos al cartel publicitario de algún combate de boxeo, donde ambos contendientes muestran lo cachas que están y lo machotes que son.

En realidad, lo único que enseñan a las claras es que estamos en manos de una pandilla de majaderos. ¿Es que aquí nadie ha entendido que se trata de un problema de confianza? ¿Es que nadie comprende que en las actuales circunstancias hay que hacer lo que sea, pero callarse de una buena vez y no dar más motivos de desconfianza? ¿Es que nadie entiende que tenemos que parecer todos muy dispuestos a colaborar, aunque luego, a puerta cerrada, vuelen por el aire los cuchillos? ¿Cómo esperan gobierno y autonomías inducir tranquilidad en el mercado tirándose públicamente los trastos a la cabeza?

Nuestro carácter nos pide estas batallas dialécticas, con chulería, poses toreras y desplantes a puerta gayola. Pero nuestro carácter, me temo, nos va a salir demasiado caro, porque por el toril de esta crisis no sale un Miura, sino una locomotora alemana que se ríe de capotes, banderillas y trajes de luces.

¿Lo entenderemos a tiempo o seguiremos ejerciendo de bocazas para disfrute de los que nos suben los tipos de interés?

Quizás los recortes deberían empezar por ahí. Pero si tampoco nos podemos permitir callar?¡entonces estamos buenos!