25 de marzo de 2012
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Los ilustrados, tan cerca y tan lejos

25.03.2012 | 14:23
Los ilustrados, tan cerca y tan lejos

El 12 de junio de 1898, pocos días después de haberse iniciado el cerco de Manila, Joaquín García Silván, un soldado vecino del pueblo sanabrés del Terroso que estaba destinado en la guarnición de aquella ciudad, escribía a su paisano Miguel San Román, miembro de la poderosa familia de los treinta de Santa Colomba de Sanabria, una carta para interesarse por las gestiones que su madre viuda, Petra Silván, estaba realizando para terminar de pagar una deuda contraída con los treinta. La carta finaliza señalando que «de estos cálidos y guerreros países hoy no le digo nada más que nos hallamos sitiados por los yanquis hace un mes». Mientras escribía la carta, es posible que García no supiera que ese mismo día, con la escuadra norteamericana sitiando la bahía de Manila, el mestizo Emilio Aguinaldo, líder del movimiento independentista Katipunán, iba a proclamar la independencia del país a solo unos kilómetros de Manila.


El cerco combinado de los norteamericanos y los filipinos rebeldes al que el sanabrés Joaquín García hace referencia marcan de manera simbólica el ocaso de la presencia española en Asia. Una presencia secular que había ido ganando importancia con el paso de los años, no solo por la pérdida de gran parte de la España americana a principios del siglo XIX, sino también merced a la apertura del canal de Suez, lo que convertía al archipiélago filipino en una plataforma ideal para las aspiraciones españolas de entrada en China. Fruto entre otras cosas de este interés, la corona ordena la instauración de un sistema educativo en español en todo el país en 1863, momento a partir del cual comienza a forjarse a lo largo de las décadas siguientes una identidad filipina cuya expresión máxima correrá a cargo de los ilustrados, la élite intelectual del país; una élite que, procedente de diversas islas y con lenguas maternas diferentes, estudia en español en instituciones como el Ateneo de Manila y que suele completar sus estudios en España. Serán ellos, los ilustrados, los que en aquella España finisecular, y a través de una sociedad denominada La Solidaridad, reclamen para su país medidas modernizadoras como las que están viendo en la península: posibilidad de educación laica, igualdad de acceso para los mestizos a los puestos de poder, representación filipina en las Cortes...


Ante la falta de respuesta por parte de la metrópoli, y tras el oscuro asesinato de José Rizal, líder del grupo, en 1896, una parte de los ilustrados pasan a engrosar las filas del Katipunán, un movimiento cuyo objetivo es conseguir, a través de la violencia, la independencia del archipiélago.


Tras la derrota española en el verano de 1898, simbolizada por el hundimiento de la armada en Cavite, el destino no fue generoso con los protagonistas de esta historia. Traicionando las ansias de libertad de una parte del pueblo filipino, los Estados Unidos ocuparon el país, al que trataron sin mayores miramientos como una colonia durante casi cincuenta años. El proceso de aculturación durante este período fue espectacular y, pocos años después, el español, la lengua en la que se redactaron todas las proclamas independentistas, había desaparecido en la práctica de la vida pública filipina.


Tampoco fue mejor el destino de gran parte de los ilustrados, aquellos liberales que se consideraban españoles filipinos y que quisieron ver a su patria regida por ella misma, sin romper los vínculos que la unían a Europa: la mayoría murió lejos de su patria, fueron perseguidos y algunos acabaron en el exilio. El país con el que todos ellos habían soñado mientras estaban en España no logró consolidar ni un Estado de derecho ni una democracia digna de tal nombre a lo largo de las décadas siguientes, y vivió el siglo XX con personajes de opereta como Ferdinand Marcos al frente del Gobierno. Y si esto le sucedía con los gobernantes, qué decir del pueblo, un pueblo para el que la emigración se convirtió en la única salida para buscar un futuro mejor.


En cuanto a nuestro soldado sanabrés, Joaquín García, no sabemos si regresó a su tierra o no, pero tanto su presencia en aquellas tierras, como la celebración, el año pasado, del sesquicentenario del nacimiento de José Rizal, son buenos motivos para acercarnos a un país, a una cultura y a una historia tan cercana y tan desconocida por la mayoría de nosotros. Por eso me permito sugerirle, desocupado lector, que se acerque a la misma a través de una novela en forma de caleidoscopio y que ha escrito un filipino apellidado Syjuco, que vive en Canadá y que apenas habla castellano, aunque lleve por nombre de pila Miguel. El título de su obra, «Ilustrado», es un homenaje a aquellos filipinos cultos que intentaron construir un país más justo para que acogiera en su seno a hombres libres, sin distinción de razas ni de lenguas. Un sueño hermoso que no merece nuestro olvido.

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