14 de marzo de 2012
14.03.2012
Día tras día

El largo lenguaje

14.03.2012 | 01:00
El largo lenguaje

El magnífico escrito del académico y catedrático de Filología Ignacio Bosque acerca del lenguaje sexista y de género ha abierto el consiguiente debate, lo que no deja de ser interesante y positivo en un país tan poco dado a la discusión cultural. Claro que estamos en España y ello viene a significar, fatalmente, que la polémica abierta tiene razones tanto o más políticas que lingüísticas.


A poco de subir el PSOE al poder, allá por el lejano 1982, fue cuando comenzaron a detectarse los primeros síntomas de un cambio en el lenguaje, que aunque no estaba en la calle, ni de lejos, empezaba a aplicarse con entusiasmo en los foros políticos progresistas. Tiempo más tarde, convirtiendo la anécdota en categoría, el inefable lendakari Ibarreche dejó estupefacta a la concurrencia nacional al oírle iniciar sus discursos con un «vascos y vascas» que sonaba fatal, aunque la sociedad estuviese acostumbrada al uso del «señoras y señores» por ejemplo, sin que el hecho hubiese llamado nunca la atención.


Pero fue su proliferación excesiva, basada al parecer y según sus adeptos a no hacer de menos a la mujer, a hacer visible a la mujer, lo que alertó sobre su uso y la innecesaria duplicidad fatua y pedante que podía suponer. Aquello tan curioso de «miembros y miembras» que se soltó en un acto Bibiana Aído, puede que por aquello de ser ministra de Igualdad, fue la gota que colmó el vaso y el paso definitivo a la parodia por la mera exageración, y ya la Academia de la Lengua tuvo que salir al quite manifestando sus reparos e insistiendo en la norma de género sin que ello pudiera considerarse sexista y desde luego no admitiendo para nada tales nuevas fórmulas a un uso, salvo excepciones, minoritario e interesado.


Ahora, se ratifica este sentir que, en general, es apoyado por la inmensa mayoría. No se puede estar hablando o escribiendo constantemente en femenino y masculino o masculino y femenino a la par porque todo se haría prácticamente demasiado largo. Por el contrario, el lenguaje tiende a abreviar. Y eso aunque abunden a estas alturas los que exigen que la Academia reconozca como normal lo que es normal en la sociedad. Pero esa es precisamente la cuestión: que aunque abunde en ciertos ámbitos, la sociedad no camina por estos derroteros que considera como peculiares brindis al sol de la clase política y otros colectivos radicales que se tienen por audaces y rompedores.


Otra cosa es que ciertas palabras de utilización cotidiana hayan ido variando realmente, caso de las terminaciones de las palabras en relación con el género, y que la Academia ha acabado admitiendo. La palabra modisto, por ejemplo. Pero en otras, vale con cambiar el artículo, como se sabe. Incidir en esos cambios sería interminable y de resultados inciertos porque en definitiva es la calle la que impone el lenguaje, y en el lenguaje vivo de la calle no hay, ni mucho menos, tantos casos que puedan suponer menosprecio o agravio a las mujeres, ni al género femenino, ni machismo alguno en su uso. Por cierto que el machismo, según algunas recientes encuestas de institutos, sigue muy presente entre los más jóvenes y lo que es más curioso y llamativo: siendo admitido y valorado también por buena parte de las chicas.

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