03 de marzo de 2012
03.03.2012
Puerta óptima

Los médicos «matan» a nuestros padres

Buscamos culpables cuando sucede lo inevitable

03.03.2012 | 12:49
Los médicos «matan» a nuestros padres

Siempre ha sido así. Los médicos son los responsables de todas las muertes de nuestros seres queridos. Lo sé por experiencia propia. Lamentablemente lo confirmo ahora, cuando la familia del cantaor Enrique Morente se apresta a una batalla sin tregua contra el médico que lo operó y lo «mató».
Es comprensible. Cuando el dolor nos corroe, nos araña el alma, cuando la noticia final llega, nadie se resigna. Todos luchamos contra lo inevitable. Y entonces buscamos culpables. Nuestros padres son inmortales. Su desaparición implica tantas cosas, que no podemos resistirla ni aceptarla.
Por eso «mataron» a Enrique Morente, y no por otra cosa. Porque hasta ahora, poco ha trascendido. Que el informe de tres médicos dicen€ Que él no estaba tan mal€ Que el médico que lo operó era el mejor pero muy déspota€
Casi siempre los razonamientos para buscar excusas a la muerte, son bagatelas. O peregrinos. Porque decir que el médico era estupendo, pero déspota€ Ojalá todos fueran déspotas, pero de extraordinaria capacidad profesional. Cierto que cuando buscamos la salud buscamos la complicidad, el amigo, pero no menos cierto que el que sabe, sabe.
Lo curioso es que a casi todos nos pasa lo mismo. Nadie, ante el hecho cierto de la terrible muerte de un padre, acepta que se lo llevó la edad o una enfermedad insuperable. Conozco casos a miles. Es más, no conozco a casi nadie que diga que su padre se murió de puro viejo.
Hace unos meses se murió el padre de un amigo en Alicante. Tenía 92 años. Acompañé a mi amigo en su dolor. Y aún vibran sus palabras en mis oídos: era mayor, pero no le había llegado su hora, estaba tan bien€ Mi amigo, un tipo sumamente inteligente y formado, creía que algo había fallado en el hospital, en vez del corazón amado de su padre€
La ira por un padre perdido, nos obliga a descargar las emociones en lo primero que encontramos. Y fatalmente, salvo que el óbito sea repentino o se presente en casa, tras una larga enfermedad, lo primero es el médico que tiene que darnos la fatal noticia.
Recuerdo mi caso. Lo tengo vivo en mi memoria. Mi padre era joven y no debió morir. Me costó mucho tiempo aceptar que nada raro había pasado. Que la infección no provenía de una mala praxis y que el médico que le operó nada tenía que ver en el doloroso desenlace.
Uno tiene la sensación de que, echándole la culpa al médico, la inmortalidad de tu padre hubiera quedado patente. Cómo se iba a morir mi padre. Si no le matan, todavía estaría hoy aquí, con nosotros, a sus noventa y pico de años.
Cuando mi padre murió la culpa la tuvo la maldita Semana Santa. Los médicos se fueron de puente y mi padre no fue bien atendido. La culpa la tuvo el médico, que faltó unos momentos de su cama. La culpa la tuvo la enfermera, que llegó tarde a suministrarle una pastilla. La culpa la tuvo...
Sin un culpable la vida no tendría sentido. Sería como aceptar que nuestros seres más amados son mortales. Y vete tú y dile a tu hijo que un día de estos puedes morir. Que vas cumpliendo años. Que es ley de vida. Lo menos que te llama es imbécil.
No, los padres no mueren jamás. Los «matan». Necesitamos creerlo porque siempre, en nuestro corazón, seguirán más vivos. Se han ido por un error, que no es lo mismo que irse porque les llegó su hora fatal. Por eso, hoy, mi homenaje a los médicos, a todos los médicos sin los que nuestra vida no solo sería más corta, sino más fea, más dolorosa, más triste. Peor.

delfin_rod@hotmail.com

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