12 de septiembre de 2007
12.09.2007

Maruja

12.09.2007 | 02:12

Ha sorprendido la muerte insistentemente anunciada de Maruja, periodista, viuda de Sixto Robles, director de este periódico; los dos, mis amigos y compañeros del alma. "Después de una larga enfermedad soportada con cristiana resignación..." ¡Cuántas veces utilizaría la redactora Maruja esta tópica expresión que encabeza las notas necrológicas de la prensa local! El manido lugar común expresa la realidad de su enfermedad y muerte. Hace años, quizá treinta, el Alzheimer hizo presa en Maruja; los médicos, según contaba Sixto, le pronosticaron diez años de vida. Ha resistido muchos más con un puro vivir vegetativo, en la serenidad de un metafórico limbo de los justos. Tan singular milagro de pervivencia ha sido posible por la sacrificada e indeclinable dedicación de sus hijos: Ana quemó día a día, su juventud en el amoroso e inteligente cuidado de su madre; puede presumir de doctora en Alzheimer, me comentaba un día Angelines del Amo, amiga invariable y constante de María. José Miguel, residente en Madrid, viajó a Zamora todos los fines de semana para relevar a su hermana en la filial tarea. Las gentes se hacían lenguas de estos ejemplares hijos de un matrimonio cabal; ellos siempre han considerado normal su conducta, natural y espontánea, simplemente filial.
Conocí a Maruja Román en la redacción del diario "Imperio". Era una joven mujer de cinematográfica belleza, elegancia natural, risueña y muy simpática. Y, como cantaba el romance de Pablo Casado, "a la vez, trabajadora". Tan femenina y, sin embargo, fuerte como la ensalzada mujer bíblica. Pluriempleada: funcionaria de la Delegación de Información y Turismo y mecanógrafa del periódico, donde éramos pocos y bien avenidos: por citar a los zamoranos, Tim, Sixto Robles, el firmante y Maruja; por la redacción habían pasado Félix Morales y Mario Rodríguez Aragón, casado con Anusca, hermana de Maruja. Al atardecer, llegaba la gentil mecanógrafa a la Redacción; con Sixto nos acercábamos a "La Toscana" y pedíamos la merienda de moda: "el automóvil", café y leche con espuma y un bollo de Vezdemarbán. De vuelta al periódico. Maruja se sentaba ante la underwood y no paraba de darle a la tecla hasta la medianoche. Las noticias llegaban en cinta por "hell", a través de un telefunken regalado por los alemanes en la posguerra. Maruja las copiaba en folios. Cuando la agencia, educadísima, se despedía, -"hemos terminado. Muy buenas noches"- Maruja cerraba la máquina, se ponía el abrigo y nos conminaba: "¿vamos?". Nos alternábamos Sixto y yo en acompañarla a su casa, en la calle de las Damas. Ya periodista, fue nombrada redactora y en el "Correo de Zamora" desempeñó las secciones de crítica cinematográfica y de información local, asesorada por Sixto, ya su marido, maestro en la crítica municipal respetado por su talento y buen sentido.
Maruja y Sixto se hicieron novios en mi boda. Quiero presumir de que les dimos suerte; en todo caso, fueron muy felices hasta que la muerte los separó. Ana y José Miguel son trasuntos fieles de Sixto y Maruja: "De tal palo tal astilla". ¿Qué mejor apología podría hacerse de la innolvidable Maruja? Por fin se ha visto trasladada desde el forzoso limbo del Alzheimer al verdadero lugar de los justos. Aún en los momentos más tristes, debemos gratitud a la vida que según la hermosa balada de la Báez, "nos ha dado tanto": A José Miguel y Ana les dio unos padres inmejorables; a nosotros, Angelines, Tim, Félix?, unos amigos nobles y constantes.
De su amistad nos sentimos orgullosos.

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