Sigo, cuando puedo y los programadores de televisión me lo permiten, una estupenda serie cuya continuidad estuvo amenazada y que, gracias a que la audiencia recapacita, acaba de ser renovada. Se titula «Te good wife» (La buena esposa) y está interpretada por Julianna Margulies (la enfermera que se queda con George Clooney en «Urgencias») y Chris Noth (el buenorro que acaba con la soltería de la protagonista de «Sexo en Nueva York»). El primer capítulo arranca con la infidelidad descubierta del marido, gobernador del Estado, y con la escena tantas veces repetida en la ficción y en la realidad de la buena esposa tomando de la mano al arrepentido de su último ataque de bragueta. Más o menos como la estampa ofrecida recientemente por la esposa de Strauss Khan, pero sin los millones de fianza debajo del brazo.

Sexo y poder, un viejo binomio que se repite con la misma y triste asiduidad de los escándalos políticos. A la vista del aspecto de determinados especímenes, comenzando por el ex presidente del FMI, me he preguntado siempre hasta dónde es capaz de alcanzar eso que se ha dado en llamar la erótica del poder y que, básicamente, describe a quien, en la desfachatez de su cargo piensa que todo el monte (habitualmente el de Venus) es orégano, por un lado, y a quien es capaz de ignorar cualquier vestigio de buen gusto para acabar enrolada (o enrolado) con el macarra de turno como patera hacia mejores destinos. E incluso a ambos, al mismo tiempo, pues ya se sabe que siempre hay un roto dispuesto a formar pareja con un descosido.

Un viejo binomio cuyas consecuencias varían según el grado de hipocresía social con que se riegue la viña patria. De otra forma no se entiende que mientras el congresista de Nueva York Anthony Weiner haya arruinado su carrera política por tener una aventura virtual, Berlusconi siga siendo presidente de Italia. Está visto que la moral puritana de los protestantes ata más en corto que el sentimiento de culpa de la educación católica. O que a los norteamericanos todavía le queda algo de aparente decencia en lo de que «la mujer (o el marido, añado yo) de César...»), ya que por estos lares no dimite ni Dios, aunque los pillen con las manos en cualquier tipo de masa.

Los americanos se muestran muy sensibles con eso de las apariencias. Toleran la invasión de otro país, pero se suben por las paredes si una becaria se beneficia al presidente.

La imagen. Una vez nos contaron en la facultad que un aspirante a un cargo en Estados Unidos había perdido toda opción de ser elegido por una foto publicada en la que se le veía un agujero en un zapato. El mensaje que habían recibido los electores era que si no era capaz de ganar para unos buenos zapatos, tampoco lo sería de hacer nada útil por ellos. Bueno, si es así, fuera analistas: ya sabemos por qué Camps tiene mayoría absoluta.