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Opinión

El cielo sobre la tierra

50 años del templo zamorano de Cristo Rey

El 30 de octubre de 1960 se inauguraba el templo zamorano dedicado a Cristo Rey, en el barrio de La Candelaria. La lejanía de la iglesia de Santa María de la Horta y la insuficiencia de la ermita de la Peña de Francia fueron las razones que impulsaron la construcción del templo en esta zona del ensanche. El aumento demográfico de los años cuarenta había llevado a la ciudad a expandirse extramuros por esta zona del sureste, siguiendo la pauta iniciada por Doña Candelaria Ruíz del Árbol cuando a finales del siglo XIX manda construir en la zona unas casas baratas para seis familias a su costa.

La construcción del templo responde a una nueva arquitectura religiosa, a la medida del hombre contemporáneo, conforme a la encíclica de Pío XII

Las necesidades de atención de los fieles por parte de la Iglesia Católica en este barrio en crecimiento aconsejaron la construcción de una iglesia suficientemente capaz. Sobre un terreno que había pertenecido a la viuda de Cuesta se levanta el nuevo templo. El obispo Eduardo Martínez González, que dirigió con personal entusiasmo las obras, entra en contacto en 1957 con los arquitectos Adolfo Bobo de Vega y su socio Lucas Espinosa Navarro, a quienes pide la redacción de una propuesta de iglesia. Les encomendó plantear un proyecto en continuidad con los criterios del Movimiento Litúrgico y la encíclica de Pío XII «Mediator Dei» que ya habían comenzado a aplicarse con el fin de realizar una nueva arquitectura religiosa a la medida del hombre contemporáneo. Dejándose influenciar por esta corriente, los arquitectos Bobo y Espinosa, aún jóvenes, acogieron con gran entusiasmo esta oportunidad que se les ofrecía para realizar un edificio a la vez ambicioso y emblemático. De hecho, este proyecto sirvió al primero de ellos como trabajo para conseguir el título de Doctor Arquitecto.

Tras las primeras ideas reflejadas en croquis, los arquitectos firman en octubre de 1957 un primer anteproyecto, planteando propiamente un conjunto parroquial formado por cuatro elementos: iglesia, sacristía y dependencias auxiliares, edificio de viviendas y locales para Acción Católica, interconectados entre sí por un porche cubierto semicircular. Destaca especialmente la dotación de un gran atrio elevado sobre el nivel de la plaza a modo de antesala del templo y los restantes edificios, que contribuía a enmarcar el complejo parroquial en su medio urbano y a otorgar gran vocación icónica al conjunto arquitectónico. La iglesia destaca por su marcada longitudinalidad, mientras que el alzado principal adquiere máximo protagonismo al resolverse a modo de retablo exterior, dotado de un destacado simbolismo vertido hacia la ciudad. Dos meses más tarde se realiza una nueva versión del anteproyecto debido a la considerable reducción de la superficie edificable que sufre la finca. Con ello la propuesta primitiva se simplifica. El templo se acorta ligeramente y el cuerpo de sacristía y despachos parroquiales se aproxima a la cabecera de la iglesia, aunque la modificación de mayor envergadura del conjunto tiene lugar en el edificio de viviendas y los locales para Acción Católica que, además de adosarse e intercambiar su posición, funcionalmente vienen a unificarse en un único inmueble, ganando un piso de altura, mientras que el inmueble que ocupaba el primer plano se convierte en un cuerpo accesorio empleado como pequeño salón de actos.

En junio de 1958 los arquitectos presentan el definitivo «Proyecto de iglesia en Zamora. Parroquia de Cristo Rey». Adolfo Bobo y Lucas Espinosa incorporan una serie de modificaciones sobre la anterior propuesta, cuya máxima novedad la constituye la construcción de una planta sótano bajo el ábside con el fin de alojar el sistema de calefacción del templo. Sin embargo la definitiva ejecución del conjunto se reducirá exclusivamente al templo, sacristía y despachos parroquiales. La razón de ello viene dada por la fuerte carestía económica que sufría por entonces la parroquia, que no permitía hacer frente a tal gasto, siendo ya firme esta opción en 1959. El atrio proyectado nunca vio la luz, y tampoco lo hicieron el pórtico y el edificio de viviendas y salones que lo generaban. Se hacen cargo de la dirección de obra los dos arquitectos autores del proyecto, auxiliados por el aparejador Gregorio Méndez Alonso. En febrero de 1959 la empresa constructora Juan Sánchez Cano S.L. comienza los trabajos. El 24 de febrero de 1959 el obispo Martínez González firma el Decreto de Erección de la parroquia de Cristo Rey.

Los principios teológicos que alentaban la entonces nueva arquitectura religiosa iban cobrando forma en este templo, especialmente en la sencillez y la sinceridad de su materialización. La estructura de esta iglesia se resuelve a partir de un entramado de vigas de hormigón armado que da lugar a soportes de forma rectangular dispuestos secuencialmente, que deliberadamente queda a la vista. Se crea así un espacio de una sola nave de marcada longitudinalidad que genera un ligero ensanchamiento a modo de crucero, culminada por un presbiterio de planta casi semicircular y precedida de un cuerpo a los pies que acoge el baptisterio, y simétricamente un almacén y el acceso al coro. Esta destacada direccionalidad manifiesta una concepción de la asamblea como una procesión que se dirige hacia el altar, muestra más de una teología del pueblo que peregrina hacia Dios que de la teología estrictamente de comunión. En la planta segunda se abren dos palcos en los extremos laterales a partir de los cuales ascienden sendas escaleras al campanario. Los muros laterales del templo están construidos en fábrica de ladrillo cerámico a cara vista, convirtiéndose en un recurso que aporta cierto grado de modernidad al templo como contrapunto al tono arcaizante que ofrecen la planta y la concepción general de la nave. Por su parte, la fachada principal se concreta al exterior definitivamente en un mosaico que representa alegóricamente a Cristo Rey, obra firmada por Luis Quico y finaliza en 1960.

El baptisterio es, sin duda, el espacio teológicamente más logrado de todo el templo. Esta dependencia, dedicada para uso exclusivo, posee acceso directo desde el exterior, de modo que quien va a ser bautizado acceda al baptisterio desde el exterior de la iglesia para, después de pasar por las aguas del bautismo, penetrar en el templo para incorporarse como miembro de la Iglesia. El presbiterio, de holgada amplitud, está configurado por un tramo recto en primer término y un testero curvo que no llega a ser semicircular, aproximándose al cuarto de circunferencia. Por el lateral occidental se dispone el acceso a la sacristía. En el testero se ubica la monumental escultura de Cristo Rey labrada en piedra de Colmenar de Oreja (Madrid) en 1960 por el escultor zamorano Tomás Crespo Rivera. Ideado su boceto en diciembre de 1959, la propuesta fue definitivamente aprobada en enero de 1960. Formada por tres piezas y sumando un total de 4.000 kg., la imagen muestra a Jesucristo Rey en pie, en insinuación de gloria, destacando por su sencillez y simplicidad deliberadas, aportando gran armonía al templo. Con el paso de los años el presbiterio sufre una reforma que suprime la grada de tres peldaños sobre la que se ubicaba el altar con el fin de adecuarse a las disposiciones del Concilio Vaticano II y acercarlo a la asamblea.

Si algo destaca especialmente en este templo de Cristo Rey es un muy interesante logro de lo que se denomina la integración de las artes. No solo la arquitectura cobra importancia en la iglesia, sino que la escultura monumental, los mosaicos, los elementos de forja de hierro y el propio mobiliario están concebidos y creados exclusivamente para este templo, y todos ellos salidos de la mano de artistas que supieron integrar su obra en el conjunto. Los artistas Alberto de la Torre Cavero, José Luis Alonso Coomonte, Tomás Crespo Rivera, Luis Quico, y los propios Adolfo Bobo de Vega y Lucas Espinosa Navarro lograron, más que escultura, pintura, rejería o arquitectura individuales, una obra de arte completa. Luis Quico se encarga de la elaboración de las vidrieras, los remates de los retablos colaterales, los mosaicos de la fachada y de los altares colaterales, el propio altar y la base de los ambones, así como todos los elementos de cerrajería, las barandillas del coro y los palcos, además del crucificado de hierro forjado de gran esquematismo que se aloja a los pies del templo. En colaboración con Tomás Crespo Rivera ambos elaboran la forja de los ángeles y el escudo episcopal del alzado principal, los remates de la pila bautismal y las pilas del agua bendita. Especial preocupación tiene el proyecto de este templo por el diseño de su mobiliario, deteniéndose los arquitectos Bobo y Espinosa no solo en el planeamiento de los bancos o los confesonarios, sino descendiendo a concretar incluso algunos detalles como las puertas de acceso y de paso. Los retablos colaterales, efectuados a partir de sencillos paños de madera de pino, acogerán algún tiempo después de la inauguración del templo dos imágenes de la Virgen y de San José con el Niño, realizados en madera en su color aderezada con matices en oro por Tomás Parés en 1960.

Obra de José Luis Alonso Coomonte son el expositor practicable y el sagrario, ambos de hierro forjado. En origen ambos estaban situados sobre el altar, hasta que la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II los dispone sobre el bloque granítico en que permanecen en la actualidad. El sagrario tiene forma de caja rectangular apoyada sobre cuatro pequeñas patas, decorado frontalmente con una cruz asimétrica sobredorada y dos vides y dos haces de trigo como símbolos eucarísticos, mientras que en sus costados aparecen símbolos cristológicos y frases evangélicas en latín. Sobre él se puede ensartar el expositor removible, a modo de baldaquino, culminado por una cruz en la misma forma y material del sagrario que, en caso de no ser colocado, se sustituye por un crucifijo de la misma traza y autoría. Seis portacirios para el altar obra del mismo autor acompañan el conjunto. La contribución de las artes al enriquecimiento de este templo se completa con un lienzo sobre el Bautismo de Cristo pintado en 1959 por el artista zamorano Alberto de la Torre Cavero, colocado en el baptisterio. Estamos, pues, ante una iglesia - para zamoranos, valga la expresión- hecha por zamoranos, todos ellos hijos de esta tierra -excepto el arquitecto Espinosa, granadino pero ya entonces muy vinculado con la capital zamorana, y el escultor Tomás Parés-. Especial protagonismo adquiere la luz como elemento arquitectónico en este templo. Durante muchos años la carestía económica de la parroquia hizo que la previsión de cubrir estos ventanales con vidrieras se pospusiera «sine die», hasta que treinta años después de su inauguración el proyecto se lleva a cabo. Luis Quico efectúa los trabajos a lo largo de ocho años, desde 1991 a 1999. Resultan un total de 240 m2 de vidrio coloreado y hormigón armado en fiel consonancia con los criterios estéticos del momento y la aplicación de los principios de la entonces nueva arquitectura religiosa. Destaca la propuesta de cubrir las rasgaduras horizontales practicadas en los muros de la nave, la primera en el encuentro del muro con la cubierta, simbolizando el cielo, y la inferior, por encima de la rasante que forman las cabezas de los fieles, simbolizando el dolor de la humanidad con una corona de espinos en tonos rojos, acercando en los ventanales verticales que unen ambas en los pies del templo el cielo que se alza sobre la tierra en forma redentora.

Concluida definitivamente la ejecución de la obra, el templo se inaugura a las 10 de la mañana del 30 de octubre de 1960 con su bendición y la consagración del altar, con la asistencia del obispo, los artistas y arquitectos, y autoridades locales. Acto seguido se celebró una misa con una presencia masiva de fieles que abarrotaron el templo.

Vista en globalidad, la iglesia de Cristo Rey destaca por su amplitud, la sinceridad de sus líneas y sobre todo por su sencillez, considerada como la característica más importante de este templo. Es evidente que encontramos en esta iglesia un templo grande y despojado, pero también especialmente empeñado en lograr, como consecuencia directa, la máxima expresión plástica a partir de unos materiales muy humildes como el ladrillo, el vidrio, el hierro y la madera. Efectivamente, los esquemas compositivos del templo buscan la simplificación y la pureza de líneas, pero también pretenden dar con las formas expresivas adecuadas a la sociedad contemporánea y las condiciones de vida del momento. Lejos de ser una suerte de garaje o nave industrial, como algunos osan a tacharla, la iglesia de Cristo Rey se alza como una muy interesante respuesta contemporánea a la expresión arquitectónica y artística de la fe católica. Con la inauguración del templo de Cristo Rey en octubre de 1960 la parroquia no concluyó su actividad constructora. Con una situación de mayor holgura económica a finales de la década de los sesenta, la parroquia se plantea la construcción de un espacio donde poder llevar a cabo sus fines propios. En 1966 Adolfo Bobo incrementa la sacristía una planta más dedicada a salones parroquiales y vivienda. Atendiendo a las nuevas necesidades apostólicas y de transmisión de la fe, la parroquia de Cristo Rey amplia sus servicios encargando al arquitecto Julián José Manuel González Ramos la construcción de un nuevo centro parroquial próximo a la iglesia a finales de la década de los ochenta.

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