13 de octubre de 2010
13.10.2010
Zamoreando

Ruido mortal

La contaminación acústica es tanto o más importante que la ambiental

13.10.2010 | 00:44
Ruido mortal

Vivimos rodeados de ruido por todas partes. Corremos el riesgo de embrutecernos bajo la tiranía del decibelio que se dispara en las grandes ciudades hasta límites letales para la salud, y no solo la auditiva. Solo de mayores, cuando se han oído ya toda clase de ruidos y de todos los volúmenes, cuando el pabellón auditivo se cierra parcial o totalmente, nos alejamos de los ruidos, buscamos el silencio y preferimos los suaves murmullos de la naturaleza a las estridencias sonoras de la gran ciudad provocadas por el hombre.

Nadie quiere creer que el ruido mata. La cosa no es para tomársela a broma. Un organismo tan fiable como la Organización Mundial de la Salud informa que 200.000 personas fallecen cada año víctimas del ruido. Un ruido letal que va minando poco a poco la salud hasta acabar con ella. Doscientos mil muertos así lo atestiguan. Hombres, mujeres y niños. No va en edades, va en calidad acústica.
En el afán de tantos españoles por situar a España a la cabeza del mundo, en lo que sea, se está consiguiendo pero por todo aquello que los demás rechazan de plano, es decir, en todo aquello de lo que deberíamos de huir como almas que lleva el diablo para no sucumbir. En materia de ruido no estamos mancos, puede que sordos sí, pero mancos no porque le damos al volumen cosa fina.

España es el país más ruidoso del mundo después de Japón. Solo los japoneses nos aventajan en contaminación acústica. Los demás, viendo el peligro, se alejan considerablemente de los primeros puestos de semejante «hit parade». El ruido se ha adueñado de España en mil formas diferentes. La calle es un vivero constante de ruido, pero también lo son los hogares con la música y los televisores a todo trapo y los vehículos, sobre todo los conducidos por esos jóvenes que convierten el interior de su bólido en una discoteca ambulante.
Lo malo no es que ellos se conviertan en candidatos a morir víctimas del ruido, lo malo es que bajan el cristal de las ventanillas y comparten con los viandantes el ruido infernal, el «chunda chunda» que sale de cintas y compacts. Si todavía se tratase de boleros o de fados o de la música compuesta por los clásicos inmortales, la cosa podría soportarse, pero es que es ruido puro y duro que se aleja considerablemente de las consideraciones hechas por Liszt, quien aseguraba que «La música es el corazón de la vida». Por ella habla el amor; sin ella no hay bien posible; con ella todo es hermoso, o del pensamiento de Beethoven: «La música es una revelación más alta que la filosofía». Dígaselo usted a los del decibelio incorporado.

En fin, el ruido puede matar si nos sometemos a su imperio de la forma que lo hacen tantas personas en el mundo. Doscientas mil pasan a mejor vida anualmente a causa de la contaminación acústica que es tanto o más preocupante que la ambiental producto de la polución y otras cuestiones de índole igual o parecida.

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