Qué difícil es opinar sin contradicciones ni incoherencias ante una hoja en blanco -pongamos que un documento word- sobre ese evento nacional convocado para pasado mañana al que se aferran la decadente jerarquía sindical española y el grueso del cuerpo social más perjudicado por la crisis y las reformas, a su vez apoyados por otros grupos sociales plenos de solidaridad y convicción. ¿Cómo creer en una huelga convocada por el «politburó» sindical que quiere demostrar que existe y que quiere seguir haciéndolo, después de lustros de acomodado silencio? Pero ¿cómo no estar de acuerdo con un gesto de rebelión -aunque adopte el formato blando de brazos caídos- frente a una errática política económica tan globalmente injusta como fatalmente inevitable? Aunque ¿se trata sólo de parar un día -la mayoría ni eso- y luego seguir cada uno a lo suyo?

Lo de la la élite sindical es de tebeo: quieren hacer huelga general pero no mucho, casi que ni se note. Porque si hubiera sido sincera la habrían convocado cuando realmente estaban caldeados los ánimos y pudo tener efectos prácticos, allá por el mes de mayo, nada más ser aprobado el aplastante plan de ajuste que ha cambiado el devenir socioeconómico de España y cuando la sociedad estaba realmente «caliente» con la congelación de las pensiones, el anuncio de la reforma laboral (no ahora, que ya está aprobada y en vigor), la subida de impuestos, la movida de las cajas y sus millares de bajas «incentivadas», etc. E incluso ante el giro tremendo de la política económica de Zapatero, que no será en este espacio donde se critique por ser ahora, seguramente, la única probabilidad de vadear la situación una vez llegados a este extremo. Esto último, sí, es achacable a la inanidad de ese Gobierno y su presidente durante los seis años que lleva al frente de los resortes de poder que, con el apoyo de la mayoría de los ciudadanos, hubieran permitido un cambio real de modelo (aunque bien es cierto que no existe ni ha existido Gobierno alguno que emprenda reformas cuando la economía se halla en la cresta de la ola ni sociedad que lo permita cuando todo «va bien»...). Entonces el Gobierno ni quiso ni supo, ni la sociedad ni los sindicatos estuvieron despiertos -todos embriagados dentro de la burbuja- para exigírselo. Ahora, que cada palo aguante su vela: el Gobierno, a todo el país enfrente; y la sociedad, a una crisis económica de no te menees que si no se aplaca rápidamente con sacrificios y ajustes puede complicar la vida aún más a los vivos y a los aún por venir.

¿Qué objetivo persigue la huelga general del miércoles? ¿dar marcha atrás a una reforma laboral aprobada por mayoría en el Parlamento? Improbable: el Gobierno ha sacado adelante semejante adefesio por imperativo internacional y por su incapacidad para construir cualquier otro modelo de reforma más cabal. No lo olvidemos: Administración, sindicatos y patronales llevaban dos años frustrados de negociaciones para reformar el sistema laboral sin que ninguno de los partícipes mostrase intención sincera alguna de fijar un nuevo modelo a base de renuncias por todas las partes. Resultado de ello es este aborto de ley de reforma laboral que no satisface a nadie y nadie considera útil, ni siquiera los empresarios a los que parece va dirigida para favorecer la creación de empleo. Los sindicatos y las organizaciones empresariales son las que más la critican, pero esta reforma es hija de su inoperancia. Sigamos con la huelga: ¿Su objetivo es derribar el Gobierno y forzar unas elecciones anticipadas? Más improbable aún. Para hacer descarrilar a un gobierno convencido de su nueva misión de salvar a la nación hace falta algo más que una convocatoria descafeinada de huelga general. Aún así, si el Gobierno de ZP cayera por un azar del destino sería para dar paso al de MR, el líder de la formación conservadora favorita del complejo económico financiero, saturado de neocons y liberales en el sentido «español» del término. De la sartén al fuego.

España carece de discurso nacional (entre otras muchas carencias, claro), o de «relato», como dicen los sociólogos modernos. Ni entonces ni ahora existe líder alguno que elabore un programa -un plan- con límites eficaces a la codicia del sistema financiero, al sistema de protección que la clase política actual se ha dado a sÍ misma, a los cientos o miles de directivos que tienen asegurado su futuro aunque hayan conducido el sistema a la quiebra, a las prácticas monopolísticas que siguen vigentes ante la indulgencia de los tribunales de la competencia, pendientes de los productores de huevos y de sobres pero no de los proveedores de servicios de telecomunicaciones y energía, a la estulticia y negligencia de las administraciones autonómicas que provocan impagos y ruina a sus administrados... Sólo hablamos de una triste huelga contra la (mala) reforma de un sistema que ha producido cuatro millones de parados y en el que los empleados queremos seguir conservando el empleo a toda costa hasta que la muerte nos separe. En fin, una desilusionante huelga chocolate del loro, controlada por servicios mínimos-máximos para tranquilizar las conciencias y volver al día siguiente al trabajo como si no hubiera ocurrido nada. Claro, cuando al 66% lo que más le interesa es el paro --o sea, las lentejas-, pero sólo al 2 la corrupción --o sea, la moral y la ética, lo que nos hace diferentes de los animalillos del Señor-, pasa lo que pasa.