06 de septiembre de 2010
06.09.2010
Muy breve

Encajeras del amor

Ellas guardan siempre un secreto

06.09.2010 | 01:09
Encajeras del amor

Septiembre nos evoca siempre ese otoño del calendario, que sin querer y sin darnos cuenta nos está recordando el otro otoño, ese que la mayoría de nuestro entorno ya lo hemos superado sobradamente, y junto a esta evocación sentimental nos acercamos, como recurso añadido, a nuestra patrona la Virgen de la Concha, esa advocación peregrina que en los tiempos del último rey leones llegó hasta nosotros desde las tierras más lejanas de Campos, llanas como los recuerdos de sus seguidores, pero el Duero y su fortaleza eran refugio seguro y noble para acogerse definitivamente junto a otras hermanas que se acercarían a ella con gran emoción durante siglos, como lo demuestran numerosísimas citas.
Pero además septiembre nos trae recuerdos imborrables y atractivos en numerosos actos de toda índole y condición, como el que celebramos con el encuentro y certamen que la Asociación de Encajeras nos ofrece en un auténtico alarde de belleza, de emoción y de llamada ante ese milagro del hilo hecho arte, fantasía, historia y evocación permanente cuando, por ejemplo, ves ante el altar de las grandes celebraciones el encaje que marca, señala y destaca con gran nobleza y majestad todo el conjunto.
Cuando contemplamos cualquiera de esas maravillas que con el hilo crea la encajera, no sabes qué admirar más si la tenacidad y la constancia, si la fe y entrega a su labor o la dedicación que se transforma en esa fuerza invisible que es el amor a esa dedicación, a esa obra tan sutil, delicada, bella, que lo mismo la encontramos en el altar de las celebraciones, en las solemnidades e indumentaria de las grandes epopeyas sociales o en la seriedad y expectación de las grandes decisiones de los tribunales.
Pero la encajera guarda siempre un secreto, que le permite rematar las maravillas que nos ofrece y ese secreto es el amor que pone en su silencioso trabajo, en su soledad y en ese cruce de atracción, que surge entre el hilo casi milagroso y sus manos que se mueven como inspiradas por ese mágico motor del amor a lo que hace. Cuando en la exposición en ese salón parroquial repasas pieza a pieza cada una de las obras, sales agobiado por la propia responsabilidad y falta de decisión ante el ejemplo de lo que allí has visto.
Encajeras del amor, no es un piropo, es una definición, porque solo ese motor hace posible esas bellezas, auténticos milagros del hilo.
Todo lo demás también tiene cabida, pero esas pequeñas cosas tienen, guardan y encierran grandes significados y mensajes.

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