15 de abril de 2010
15.04.2010

Cuando los espacios urbanos se ponen al límite

Hay lugares en la ciudad antigua que requieren una atención especial

15.04.2010 | 02:00
Cuando los espacios urbanos se ponen al límite

Hay espacios en la ciudad antigua que requieren una atención especial; se podría decir que miden la temperatura y calidad del cuerpo urbano y son los que se hacen presentes en sus bordes. Una circunstancia del espacio, un accidente que frecuentemente ahí está sin ser aprovechado, pero que mediante el diseño contribuye a introducir variedad en la forma de los espacios públicos. En ciudades históricas como la nuestra y dotadas de alturas y defensas para hacer frente al asedio bélico, nos encontramos con una variedad de situaciones que requieren medidas adecuadas para resolver su encuentro con los tejidos urbanos próximos.


En los bordes es donde se evidencia la calidad del diseño de la ciudad, pero también pueden dar lugar a errores de difícil enmienda. Pero sabemos que la ciudad antigua contiene cantidad de posibilidades que están aguardando a descubrir estos filones de riqueza expresiva que, la mayor parte de las veces, están en zonas que hay que sacar a la luz y que son desconocidas para los ciudadanos.


Voy a referirme a dos situaciones urbanas de bordes acusados y cuya suerte han dado lugar a resultados de muy diferente fortuna. De paso, nos muestra el proceso continuo a que se ve sometida la ciudad aunque sólo pueda ser percibida por las personas de más edad y, desgraciadamente, con recuerdos no siempre afortunados. Empiezo por un recuerdo infantil del mercado de ganado que existía en la actual plaza de Santa Eulalia; recomponiéndolo con la imaginación, su parte trasera estaría limitada por un escarpe de la muralla hasta su mismo borde. Pasan los años y en otra imagen, a mediados del pasado siglo, veo que el mercado ha desaparecido y en cambio se levanta un bloque de viviendas cerrando todo el frente, o casi, del mirador que se abría sobre el escarpe. La primera valoración que se me ocurre del cambio es positiva porque el rústico mercado parecía más propio de un aduar africano y el nuevo bloque es de correcta arquitectura y además venía a cerrar y definir un nuevo espacio de plaza. Pero atando cabos sueltos y contemplando desde una lejana perspectiva su testero, el bloque aparece construido sobre la línea de muralla que coronaba el escarpe y se había ignorado el retranqueo obligado de dos metros de separación con la muralla para así obtener la máxima ocupación del suelo y, todo ello, amparándose en la inexistencia de la muralla en el momento del proyecto. Las consecuencias de esta ocupación máxima fueron que dicha pared no pudo crear servidumbres de vistas sobre el solar que aparecía a sus pies y, por lo tanto, no pudieron abrirse ventanas, con lo cual los ocupantes de las viviendas se tuvieron que resignar a ventilar sus habitaciones traseras a patios de luces, mientras que la visión de la inmensa pared ciega impone su presencia sobre toda una panorámica de la ciudad. No se puede entender el trámite que se siguió para autorizar tal desaguisado. Ahora lo pertinente sería encontrar una solución para que los vecinos tuviesen el acceso visual lógico sobre el paisaje y que el juego de nuevas ventanas y balcones se uniesen al coro que forma la escena urbana. No sería desmesurado que, aprovechando que el solar a sus pies pase a ser de titularidad pública, el Ayuntamiento podría emprender una actuación consistente en abrir los huecos en la dichosa pared que cierran las habitaciones afectadas y pintar adecuadamente la pared ciega discordante.


Otro caso con distintos resultados es el que se produjo en el mirador que delimita el espacio entre el Parador de Turismo y la Biblioteca Pública, en la plaza de Claudio Moyano. Este espacio, que recuerdo en mi infancia, estaba cerrado por un edificio municipal que tapaba toda la visión sobre el río. Pasan los años y de repente veo todo cambiado, pues el edificio municipal había desaparecido y una nueva visión que alcanzaba hasta el horizonte había hecho surgir una iglesia que sólo conocíamos de oídas, unas vistas sobre los tejados de una barriada, el río cortando el paisaje y una torre con cigüeñas en cercana intimidad. Total, que acostumbrados a lo peor y pasados los años, ya nos hemos olvidado del hecho casi milagroso que significó tal actuación en su momento. En un plano de 1895, aparecen los espacios de plaza que hemos expuesto, con sendos espacios diáfanos, sin tratamiento urbanístico alguno. A poco que se analicen zonas del casco antiguo, aparecerán nuevos casos de borde, como siempre, olvidados de la opinión pública y en espera de su descubrimiento a través de su pertinente Plan Especial.


Si pensamos que prácticamente el recorrido total de la muralla provoca situaciones de borde, lo normal sería que toda la problemática resultante quedase integrada en un Plan Especial, que ya no se limitaría a resolver los problemas concretos que suscitan las diferencias de niveles, el encuentro con los caseríos próximos, etc. Y también los modos de compatibilizar la protección a las murallas con el rescate de los espacios susceptible de su uso público. Y es que un estudio integral e integrado de los bordes también permitiría descubrir los efectos estructurantes que tendrían una red de itinerarios como rutas alternativas peatonales y que permitirían desplegar el conocimiento de la antigua ciudad, vista desde nuevos escenarios.


A través del Plan Especial se podrían analizar los diversos factores concurrentes para la toma de decisiones correctas, pero que, sin duda alguna, deberían potenciar la conservación y mejora de los espacios públicos, lo que debemos considerar como cuestión clave y señal del significado de la ciudad en tanto asiento y proyección de la acción pública de sus ciudadanos.


P. D.: En Toledo, Ciudad Patrimonio de la Humanidad, han demostrado el interés que tienen los bordes para la ciudad. Por ello tienen en estudio diversos planes que recogen la problemática de los bordes a efectos de los accesos de la ciudad desde sus suburbios. En este mismo sentido han colocado unas escaleras rodantes en la muralla, en la zona de la Granja, para que los habitantes de sus barrios accedan fácilmente a la almendra de la ciudad. Las escaleras han constituido todo un éxito, por lo adecuado de su función, como por el éxito de su diseño, que fue expuesto como proyecto estrella en Nueva York.

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