08 de marzo de 2010
08.03.2010

Cuento de una poetisa inventada

Te posees a ti misma; y alcanzas, en esa soberana posesión, la precisión en tus poemas

08.03.2010 | 02:15

Como tú misma; sí; Alejandra; así tu poesía. Poesía de mujer y de niña, entretejiendo sueños; estremeciéndote y emocionándote. Así tú; siempre.
Es posible que como mujer, seas como los demás seres humanos del universo femenino («soy como son los otros»); quizás; no estoy seguro; pero como poeta eres irrepetible en un mundo aturdido de desesperanzas.
Creo que sobran las palabras por cualquier rincón de «Tu primera inquietud»; pero te sobran en el sentido del desbordamiento, de la plenitud, de la búsqueda infinita. Brotan desde la raíz, y como ser «esencialmente tierno», tu palabra se yergue por las ramas; se escapa por las hojas, se prende por el cielo, y termina en el aposento de las estrellas.
Te posees a ti misma; y alcanzas, en esta soberana posesión, la precisión en tus poemas.
Me cuesta hablar de ti como poeta; pues mujer eres, y, aunque, cuando ríes, ríes, y cuando lloras, lloras, te veo, en tu verbo, inmensa, atropellada y nívea. Por eso tu poesía es como hemorragia en campo de amapolas desnuda. Esencialmente descubierta. Los ojos de tu boca escupen lágrimas de belleza, y por las pestañas de tus labios se desparrama, a borbotones, un beso. ¿Habrá algo tan preciso, abierto y libre? Pura cascada; atrevido torrente de tu lengua, sacralizando palabras que se muerden en tus dientes.
Espero —dices—, despedazado cuerpo de mujer, juntar tus vísceras con mis labios, beber de tus esencias..., verte crecer hasta tocar el cielo con mis letras.
Navegas, pues, intacta, una vez reconstruida tu persona por la fuerza de tus labios; suturado tu cuerpo despedazado, navegas con tus manos hacia el cielo.
Una vez más, levitas, asciendes —es tonalidad constante en tu poesía—, criatura esencialmente aire; una vez más, te encaramas por encima de las cosas; las rodeas; las arrullas y te verticalizas, como «esas mujeres en la playa», del óleo de Miguel Óscar Menassa.
No he visto en tu palabra —nunca— inclinación, arrodillamiento, humillación, porque, Alejandra, existe en ti un permanente deseo de vuelo. De vuelo de paloma; «paloma de alas grandes».
Plenitud, pues, y verticalidad en tu palabra. Pero también impotencia ante un mundo perverso que te rodea:
«Los heridos de guerra están esparcidos por mi salón, pero no tengo dedos suficientes para tapar las heridas que han causado las balas y detener las múltiples hemorragias. Tan solo puedo mirar cómo se agotan y es esa impotencia, que me muero con ellos».
Tan solo, ante tanto horror junto, colocas la mirada y el deseo, aceptando la realidad, pesimista, que le angustia. Pero, Alejandra, poeta de los pies a la cabeza, no es tu poesía negativa, pues más tarde te revelas: «no quiero caer en la vorágine» y también: «Soy poeta, el futuro./ El loco que no quiere morir».
No; no quieres morir; mujer de ojos azules y alma tierna; quieres vivir en primavera, y sentir el amor, y embarazarte de fetos gemelares; quieres multiplicarte por doquier, pasear tus finas piernas por la playa; agitarte con la mar y estremecerte; alisar tu voz y poseerte, con tus propias manos en tus manos y escucharte sin parar. Escucharte con provocación:
«Soy mensajera del verbo/ portadora de luz y oscuridad al tiempo».
En efecto, Alejandra; así te veo yo, portadora de luz y oscuridad; de azul y negro. Fina, estilizada y amorosa a un tiempo.
No pierdas tu voz;/ cuéntanos más tarde un cuento./ Solicitamos un beso;/ un solo beso de tu boca abierta,/ de tu penetrante verso./ Sí, dame el beso de tu verbo,/ para sentirme eterno.

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