Diciembre de 1988. Primera huelga general de la democracia. Las estanterías de los supermercados se vaciaron de productos que escasearon en la guerra, como aceite y azúcar. Afloraba el miedo a los años previos a la guerra civil, de los que el franquismo dejó un recuerdo falseado de huelgas y revueltas de obreros. Fue tan modélica la huelga como el ejercicio responsable de un estrenado derecho laboral, legítimo y necesario para luchar pacíficamente a favor de las mejoras para los trabajadores.

Lo que llevó a la gente a las calles era el crecimiento de la economía y las ganancias de las empresas, pero no de los salarios y los derechos de los trabajadores. Lo que entonces se llamaba “el reparto de la tarta”.

Nada que ver con la situación actual, en la que dicen que la economía mundial se hunde refiriéndose a la “macro”, porque la micra de cada casa subsiste a duras penas desde hace años, y lo de mundial se limita al cercano mundo conocido, porque más de la mitad del planeta está al borde de la inanición.

Si hace veinte años había razones para una huelga, ahora hay más: en España crece el paro tanto como en el resto de Europa junta, y el gobierno sólo se compromete a mantener la escasa protección social existente, aunque no ha dudado en proteger con el dinero de todos y sin contrapartidas a los grandes financieros y bancos que se enriquecieron en los últimos años.

La prestación para los parados se ha recortado por los gobiernos de los más de veinte años, y sobre todo se han generalizado los contratos basura que permiten despedir sin despido, por finalización del contrato, y gratis.

¡Claro que hace falta una reforma laboral! La que cubra un trabajo fijo con un contrato estable. ¡Y hace falta una reforma económica! La que garantice una renta básica para vivir a quien no le pueden garantizar su derecho al trabajo, financiada con la solidaridad de todos con impuestos justos ¡también reforma fiscal!

¡Y hace falta ya otra huelga general! Que obligue a cambiar la política económica y social; la primera, porque ha fracasado; la segunda, porque es necesaria.

Hace más de veinte años empezábamos una lucha con la ilusión de lo recién estrenado: la primera huelga, como el primer amor, nos llenaba de confianza en el futuro. Luego vino el día a día, los gobiernos de la derecha, las separaciones, las traiciones desde la izquierda, el cansancio, la rendición, el olvido...

Pero amanece otro primero de mayo, y mantenemos el impulso que nos llevó a salir a la calle hace más de veinte años estrenando piquete. Y aunque no somos los de antes, seguimos gritando que hace falta ya una huelga general... También por la gente joven y con los jóvenes trabajadores que se enfrentan a un mundo y un trabajo precario que hace más de veinte años quisimos cambiar.

La lucha por un mundo mejor, como el amor que la impulsa, siempre es la primera aunque hayan pasado más de veinte años.

Así que ¡a llenar de aceite y azúcar la despensa!, que hay que hacer otra gran huelga general. Yo prepararé mucho café para la madrugada, porque recuerdo que hace veinte años, en diciembre de 1988, cerraron hasta los bares.

El pueblo volverá a estar unido. “Y tú vendrás, cantando junto a mí”... como hace veinte años.