Leo que vencido por alifafes de la edad, se jubila Herminio, mi ejemplar vecino de la página de al lado. Con razón se dolía Jorge Manrique de que con la llegada al arrabal de la vejez ,"todo se torna graveza"; otro poeta, Tomás Borrás traducía graveza como venganza de la vida que a cada cual castiga donde más se excedió. El profesor don Atilano del Bosque nos contaba que un vecino socarrón de su pueblo le había hecho esta pregunta: ¿No le parece extraño que a usted se le ponga blanco el pelo de la cabeza y a mí el del bigote?; él había contestado: pues no, porque nuestro trabajo ha sido muy distinto: yo he usado la cabeza y tú sólo los dientes. En la plenitud de su magisterio, a Herminio se le ha declarado cansada la vista; en los últimos años había logrado sobreponerse, con esfuerzos inimaginables, a la limitación física y, día tras día, llevar mediada la mañana a la redacción "los deberes", como él mismo solía decirme en el amado lenguaje de su larga docencia. Deja el profesor un hueco sensible en nuestra escuadra de "La Opinión-El Correo"; como el inolvidable periodista y profesor Alonso Fueyo, había hecho de su sección cátedra de cultura, donde diariamente ha explicado la asignatura "Zamora " con profesoral autoridad: Herminio es el autor que puede ser citado con la seguridad de que el dato que aporta es siempre fiable y certero el comentario. En una visita de periodistas de turismo, guiada por Herminio Ramos, comentó el inolvidable Pecker que jamás había encontrado un guía tan seguro de lo que sabe, con ser mucho, como nuestro cronista oficial. Ahora deja el profesor de La Tuda "el duro banco" de la sección diaria; nos aseguran -y ello es un consuelo- que mantendrá su colaboración con periodicidad menos exigente.

Siempre tendremos a Juan Carlos Villacorta, nuestro juvenil patriarca. Esto me dije ayer después de una larga conversación telefónica con Segismundo Luengo, autor afortunado de "El Duero venía loco"; me anunciaba el envío de su novela última (por ahora, claro). Como se dice de los cantantes de rock, los viejos novelistas no mueren. -¿Por qué y para qué morir?, nos preguntaba Cela hará medio siglo, ante un plato de conejo, en un restaurante del Puerto de la Cruz; imaginemos que eso ya lo sabe con toda certeza el presunto bienaventurado aunque no pueda contarlo. Segismundo Luengo, José Gómez Figueroa y el arriba firmante somos de la quinta de la dictadura primoriverista. Otro periodista del mismo reemplazo militar y no zamorano presume de que nacimos en dictadura, en dictadura hemos vivido y para no variar, acaso muramos en dictadura; en todo caso, añade, hemos vivido mucho y que nos quiten lo bailado. ¿Exagera en su irónica nota autobiográfica nuestro quinto? En efecto, se excede en la sorprendente boutade; pero, ¿es que los que hemos vivido tanto no tenemos derecho a exagerar para llamar la atención de los jóvenes que nos consideran amortizables? Por el contrario, es justo reconocer la ejemplar laboriosidad de Segismundo Luengo que lo mete en los difíciles y trabajosos andurriales de la novela histórica, el mantenido magisterio de Herminio Ramos y la fecunda y fresca creación literaria del estilista, antiguo y nuevo, Juan Carlos Villacorta. No es la vejez la mejor etapa para merecer escalar puestos en la administración y la sociedad, pero lo es, sin duda alguna, para ejemplarizar, nunca para escandalizar con locuras seniles. Los ejemplos son ciertamente abundantes, algunos, muy singulares. Empeñarse como Catón a aprender griego a los ochenta años significa que nunca es tarde para comprometerse en empresas por muy difíles que parezcan.

Todo se torna graveza en la senectud .Y sin embargo, afirma Amiel que envejecer es la obra maestra de la sabiduría, la parte más difícil del arte de vivir. Como es chusco decir que es la única forma de vivir mucho tiempo. ¡Estás viejo!, le decía yo en broma al cronista Juan Sampelayo. El tenía lista la respuesta: ¡Y tú que llegues!