Me piden las instituciones que recicle el papel, porque eso es beneficioso para el medio ambiente, y bien está. Me piden que haga un consumo responsable de la electricidad también por mejor defensa del medio ambiente, o para poder permitirse la moratoria nuclear, o porque somos deficitarios en petróleo, y también está bien. ¿Pero para cuándo va a tocar una racionalización del consumo en las propias administraciones públicas? Y no me refiero solamente al gasto presupuestario, absolutamente desmedido, con más altos cargos y coches oficiales que la URSS en sus buenos tiempos, sino a pequeños detalles que cabrean en sí mismos por lo que supone de menosprecio a lo que se supone que tiene que hacer en primer lugar un institución pública: servir a los ciudadanos en vez de servirse de ellos.

Si tanto les importa el ahorro de papel, ¿por qué no se impone la administración a sí misma escribir los folios por ambas caras?, ¿se hacen idea de lo que sería eso y de los millones de hojas que se ahorrarían con la cantidad de Ayuntamientos, Diputaciones, Juzgados, Confederaciones y oficinas que padecemos?

Pero no. Ellos no: los demás tenemos que tirar el paquete de tabaco al contenedor de reciclado o somos unos terroristas ecológicos mientras la administración sigue usando sólo un lado de las hojas, porque la otra es la cara de los pobres, de los idiotas.

Y con la energía, lo mismo. Nos dicen que apaguemos los pilotitos rojos de los electrodomésticos mientras vemos que en los edificios públicos se encienden las luces todo el día y se pone a toda leche la calefacción en invierno y el aire acondicionado en verano. ¿Qué pasa, que la energía que se consume y se derrocha en todos esos edificios que usted y yo conocemos sale de distinto sitio que la que gastamos el resto de los mortales? ¿La calefacción moderada es sólo para los particulares pero no para las oficinas oficiales?, ¿dónde se produce la electricidad que se tira alumbrando kilómetros y kilómetros de autovía con farolas cada cincuenta metros cuando con los faros bastaría igual que basta entre dos ciudades?

Al final, si me hacen caso, llegamos a la conclusión de que nos están pidiendo a nosotros que ahorremos para poder seguir gastando ellos. Al final, va a ser como la historia aquella del aceite de oliva, que dijeron que era malísima para la salud cuando el régimen de Franco prefería exportarla para conseguir divisas. La administración se está convirtiendo en un monstruo autónomo que se reserva una parte creciente de los recursos para su propio consumo con la idea de que el sobrante, y sólo el sobrante, debe ir a parar al resto de la sociedad.

Por eso no se reduce el gasto en gestión cuando hay menos dinero como ahora: porque lo suyo es fijo, aunque sea para gastar lo que a los demás nos prohíben. Aunque sea parta inventar nuevas formas de obligarnos a pronunciar el "sí, bwana".

Ya salió un ministro prometiendo regalarnos una bombilla, ya verán como el siguiente nos promete un plátano.