Es probable llegue un día que cambiemos el formato y las palabras de aquella famosa frase y digamos afirmativamente: "las antenas no dejan ver el poste". Y seguramente tendrá que ser así, porque en determinadas zonas de nuestra ciudad proliferan de tal forma sobre terrazas y tejados, que se asemejan muchísimo a los troncos pelados de cualquiera de tantos bosques quemados que anda sueltos por ahí.

Tales ornamentos urbanos, crecen como hongos e incluso rivalizan entre ellos en alturas, ramificaciones y aditamentos postizos, que sirven para eso tan peculiar de captar el más gordo y elevado número de canales televisivos. Para ello y evitar las posibles torceduras debidas a las malas rachas isobáricas de las muchas borrascas que andan sueltas, la mayoría de las indicadas plantaciones tubulares, llevan para su verticalidad, una considerable variedad de los llamados vientos metálicos, lo cual beneficia al televidente que, antes de tal sujeción, seguro que vería las imágenes torcidas, inclinadas o boca abajo. Lo malo de esta selva de tubos y cables, es que complica la libre y ordenada circulación de las aves, aumentando la estadística de las alas rotas.

Toda esta ornamentación aérea, tan moderna y necesaria para la vida actual, es de esperar no sustituya a los anticuados y eliminados pararrayos radioactivos, ya que el día que caiga en una de las indicadas antenitas, una chispa mala leche, quedará frito el televisor para disfrute y descanso del usuario.

Con la sana intención de que se mejore el encuadre panorámico de Zamora, contemplado desde cualquiera altura colindante, si es que queda algún mirador suelto por allí, sería conveniente aplicar lo de las antenas colectivas, a grupos de bloques de viviendas vecinales o mejor aún a barriadas enteras.

Es cierto que todo adelanto implica una mejora del cotidiano vivir, pero no por ello debemos perder el sentido estético. Zamora merece seguir siendo históricamente, la tacita de plata del Duero. Brillante por fuera y atractiva por dentro.