Añora Don Quijote en el discurso a los cabreros, aquella dichosa edad, aquellos años venturosos con razón llamados dorados. Es natural y resulta muy reconfortante evocar épocas felices cuando las cosas vienen mal dadas. Y nos agarramos al topicazo: ¿Te acuerdas de cuando...? Gabriel y Galán desesperaba de la vuelta de los tiempos que le permitieron disfrutar haciendo aleluyas y cantares, cuando los placeres más simples bastaban para alegrarle la vida. Años después, una excelente película americana, "Esplendor en la hierba", poetizaba sobre el dolor y la inutilidad de la nostalgia: es la boyante juventud la que da lozanía a "la verdura de las eras". Entonces, la pregunta lógica sería: ¿Te acuerdas de cuando éramos jóvenes? Los tiempos en sí no son buenos ni malos; son incoloros y el hombre los convierte en blancos, negros o grises, esto es, en buenos, malos o ni lo uno ni lo otro.

Un programa televisivo parece encandilar a sus fieles televidentes con la evocación desenfadada de "los mejores años de nuestra vida". Frente a la rencorosa memoria impuesta de los peores años de nuestra historia, se recibe como un saludable soplo de aire fresco y reconfortante este recordatorio de músicas y espectáculos que dieron felicidad, más o menos según las particulares circunstancias y talantes, a los españolitos de la época. Durante muchos años, la expresión "los felices años veinte" fue un lugar común en las añoranzas europeas. Entonces, superada la tragedia y restauradas las heridas de la primera Guerra Mundial, Europa se entregaba en cuerpo y alma a las ganas de vivir. Algo parecido sucedió después de la II Guerra Mundial. En los años sesenta del mismo siglo, en la Europa libre se respiraban, con la paz recobrada, ansias de felicidad, alimentadas por una irrefrenable ilusión de bienestar. Mediada aquella década, en la Alemania Federal que había restañado los desastres de la guerra con el trabajo sacrificado de voluntarios entusiastas y mal alimentados, se vivía la esperanza cierta de la reunificación; y es sabido que la esperanza es una suerte de estado feliz a veces más perfecto que la misma realidad. El Berlín occidental, a la sazón dividido por el ominoso muro, se desenvolvía en un ambiente confiado, festivo y alegre que recuerdo como un anticipo de la "movida" madrileña.

¿Qué años fueron mejores; los 60 o los 70? La cuestión, propuesta en el programa televisivo de referencia, se resuelve por el voto de sus respectivos defensores que han de considerar como argumentos fehacientes las canciones popularizadas en cada una de las dos décadas. Sea el que sea el resultado, la comparación presume que tanto los años 60 como los 70 fueron los mejores para muchos españoles a los que nadie puede quitarles lo bailado ni tiene el menor derecho a impedirles la dulce y tristona nostalgia. Recuerdan cuando eran jóvenes, lo que no es mal entretenimiento. Por otra parte, el país resurgía valiente de una época de penurias y sacrificios y se empeñaba en lograr una vida mejor; apuntaban tiempos de esperanza para la industria y la economía. Y el turismo con Benidorm y la red de Paradores como bandera animosa, y el sol y las playas como imán de extranjeros, se proyectaba sobre España como una eclosión. En todo caso, eran años propicios a la ilusión; los recuerdan las películas de indígena macho y sueca enamoradiza que se prodigaron porque contaban con clientela mollar y segura. Es oportuno recordar aquellos años cuando los tiempos se han vuelto descaradamente grises.