Puebla de Sanabria era ayer, víspera del Jueves Santo, ya un completo hervidero de turistas. Puebla es uno de esos pueblos zamoranos con encanto, de esos enganchados firmemente a la leyenda, enraizados a lejanas costumbres y adscritos a la esencia de viejas tradiciones, donde lo antiguo y lo nuevo conviven con naturalidad, sin estridencias. Aquellas callejas empinadas pueden parecer un Gólgota o un tortuoso vía crucis, pero la recoleta traza urbana y la arquitectura rústica tan bien cuidada conforman un escenario de altura indispensable para quienes se asoman en estos días a la provincia que hace elegía de la Pasión. Como todas las plazas amuralladas, como todo bastión fortificado, Puebla se encastilló durante siglos sobre sí misma; y ese enrocamiento permitió a la villa mantener su fisonomía sin ostentosas contaminaciones. De Puebla enamoran sus balconadas, los corredores y las galerías de unas casas prendidas a otros tiempos.