Durante muchos años se guardó en una de las capillas de San Andrés el paso "El Prendimiento". De vez en cuando Apolinar, seminarista teólogo y sacristán de dicha iglesia me invitaba a quitar el polvo; yo, uno de aquellos latinos desbocados que traían a mal traer al prefecto de Disciplina, el bonachón don Marcos Montalvo, le agradecía la deferencia porque me libraba de algunos actos de comunidad; o sea que por unas horas, el plumero me hacía libre. Recuerdo que de las figuras de "El Prendimiento" me interesaba la de Malco, rodilla en tierra y con la mano a la oreja herida por el fogoso San Pedro; curiosamente me fijaba en el escorzo del pie que acaso -cosas de muchacho- admiraba como una maravilla de realismo. Me intrigaba el personaje que el evangelista identifica como Malcus o Malicus, servidor del pontífice; es el único de nombre conocido entre la patulea de soldados y criados que conduce Judas. ¿Qué hizo el desorejado para despertar la ira del rudo pescador Pedro? ¿Esperaba recompensa del amo por la acción? La pregunta es válida para los sirvientes anónimos que se distinguieron en el siniestro coro del drama de la Pasión. Los ojos del siervo están fijos en el amo; el enunciado bíblico parece significar el perpetuo estado de meritoriaje de gran número de servidores.

Se desconoce el nombre de la criada-portera que a instancias del discípulo conocido del pontífice Anás, introdujo a Pedro en el patio del palacio del Sumo Sacerdote; de paso intentó delatarlo: "¿No eres tú también de los discípulos de este hombre? La noche fría de la estrenada primavera había reunido a soldados y criados en torno al fuego encendido en medio del patio; Pedro se acercó confiado, olvidando su condición de galileo que otra criada chismosa denuncia; un innominado pariente del desorejado Malco se une a la acusación como testigo relevante: ¿Pues que, no te vi yo en el huerto con él? Delatores sin nombre en la noche de la traición de Judas, el delator por antonomasia. Los príncipes de los sacerdotes delatarán ante Pilatos a Jesús como enemigo del César. Hay épocas que parecen propicias para los delatores. Cuenta el historiador Tácito que en el tiempo de Tiberio la delación se había extendido como un contagio por el imperio romano: "Parientes próximos y gentes de distinta sangre, amigos y extraños se vieron envueltos en el peligro común". El cruel fenómeno se ha repetido a lo largo de los tiempos y en algunos momentos, como en nuestra guerra civil, con parecidas aberraciones.

Volviendo al tema de las anónimas figuras de la Pasión, probablemente tengamos su ejemplo culminante en el servidor de Anás que abofetea a Jesús. Interrogando estrechamente al acusado, el pontífice pretende profundizar en la acusación. ¿Por qué me preguntas a mí?, le contesta Jesús. Pregunta a los que han oído lo que he dicho. Al adulón, al criado siempre dispuesto a ganarse una sonrisa del amo, debió parecerle insolencia imperdonable la contestación simple y directa del reo: "¿Así respondes al pontífice? le conminó al tiempo que lo golpeaba. Jesús le replicó con un dilema de salida única, que se ha hecho lugar común para rechazar castigos injustos y viles: si algo dije mal, demuéstralo; si no, ¿por qué me golpeas?