04 de marzo de 2009
04.03.2009
PUNTO DE MIRA

Ricobayo, la historia olvidada

La localidad que vio pasar a los zamoranos que huían de la ciudad tras el Motín de la Trucha

04.03.2009 | 01:00
Herminio Ramos.

Ricobayo en la orilla derecha de ese embalse del Esla, fuente de agua y de energía. Cuando la historia comienza a escribirse sobre pergaminos, este río fue también frontera y el puente que lleva su nombre acumulaba sobre él y entre sus sillares capítulos de la historia de estas tierras de tal significado y belleza que son evocación. Si aguas arriba la leyenda nos habla de santos, con Julián y Basilisa, será el puente el que ayudará a escribir la historia más cercana y por tanto más nuestra. Ricobayo, duro como la roca sobre la que se asienta, es un hito en la historia de estas tierras del Oeste. Por ellas pasaron siglos de asentamientos, de donaciones, de vasallajes, de condados, de reinos que nacen y se evaporan junto a las velas del sufragio. Ricobayo es testigo de la ida y vuelta de vasallos que huyen ante el temor de la cólera real y regresan a sus lares envueltos por la necesidad de seguir viviendo. Ricobayo vio pasar a los zamoranos que huyen después del Motín de la Trucha (1158), ante el temor de la cólera del rey Fernando II de León. Ese hito y ese puente cargado de recuerdos descansan sosegados y tranquilos bajo el agua como testimonio de su fortaleza.
Pero aún nos queda otro recuerdo no menos significativo: la advocación de su iglesia a Santa Eulalia. Un nombre que nos hace volar a los primeros siglos de nuestra fe y que a la vez nos hace pensar en los caminos de la vieja Roma, por los que es fácil encontrarnos con esa advocación. Esas viejas raíces nos hablan por sí solas de la solera y fortaleza de ese Ricobayo que sigue manteniendo sobre su solar la misma entereza, fuerza y destino que le dio vida. La historia lenta de los carros y de las recuas pasó, de venta en venta y de posada en posada, hasta que un día unos hombres que buscaban lugares idóneos para convertir el agua en luz y fuerza, se fijaron en Ricobayo, en su río y en sus rocas y aquella historia de carros y de recuas dio paso al ruido de los motores, al trinar de los barrenos y aquella obra genial, atrevida para la época y decisiva en aquel momento, no podía llevar otro nombre. Los 97 metros de altura de la presa de gravedad del Salto de Ricobayo batió los récords del momento y entraba así en la historia del mundo con aquella obra a la que iban a seguir una serie de peripecias de tal trascendencia que la convierten en la más avanzada de su tiempo. Un nombre quedará siempre unido a esa obra el de José Orbegozo y Gorostiza, a cuya obra entregó su juicio y su vida soñando con ella, con sus aliviaderos y con su célebre cazuela, detalle lleno de curiosidad y de atención, cuando se conoce todo el camino recorrido hasta verla como la vemos. Pero Ricobayo sigue manteniendo firme su estilo, su nobleza y su tenacidad. Chari y Fermín nos cuentan sus preocupaciones y sus inquietudes respecto a su Ricobayo, ese nombre grabado a fuego en las páginas de la historia de la técnica hidráulica, que espera con la misma tranquilidad que lo hacía la llegada de una recua o de un carromato, la llegada de su hora, la llegada de ver sus sueños hechos realidad, la hora de mirar a la luz que sale de esas máquinas. Ricobayo está ahí clavado sobre la roca de los bienios de historia que han pasado y apenas si han hecho mella en su granito. Pero sí la han hecho en su gente, que piensa, mira y espera llenar sus sueños de emocionada realidad. Ricobayo es un hito en la historia. Ignorarlo es un error. No pasemos de largo.

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