04 de enero de 2009
04.01.2009
EDITORIAL

En memoria de las víctimas de Ribadelago

04.01.2009 | 01:00

La fecha del 9 de enero de 1959 está escrita con letras trágicas en la memoria colectiva de la provincia de Zamora, y muy especialmente en la comarca de Sanabria, que nunca logró recuperarse de aquel golpe infausto. Era medianoche de un invierno muy frío de hace medio siglo. Habían caído fuertes lluvias torrenciales y en esa hora en que el sueño comienza a gobernar las conciencias, se produjo el inesperado reventón de la presa de Vega de Tera, liberando 8 millones de metros cúbicos de agua que arrasaron, en imparable desbordamiento, todo aquello que encontraron a su paso. Fue rápido: en pocos minutos el agua de la presa anegó la localidad de Ribadelago y se tragó para siempre 144 vidas, hombres, mujeres y sobre todo niños cuyos nombres se escuchan cada año por estas fechas en letanía, en memoria de una tragedia por negligencia que jamás debió ocurrir. Sólo 28 cuerpos fueron recuperados. Los otros 116 aún permanecen enterrados bajo el lodo en el fondo del Lago de Sanabria, ese monumental escenario natural testigo de leyendas pero también del suceso más oprobioso acaecido en esta provincia.

Corría la década del cuarenta del pasado siglo, en plena postguerra. Las grandes ciudades del país sufrían restricciones al tiempo que crecía la demanda de energía eléctrica en un país en reconstrucción tras la contienda civil. De esa época data el primer intento de construir un dique en la desembocadura del Lago de Sanabria, que no llegó a producirse por la firme oposición de los vecinos de la comarca, abanderados por el Correo de Zamora. El Régimen franquista decide entonces dejar intacto el Lago y construir la presa de Vega de Tera. El proyecto se concreta en 1953 y las obras finalizan en noviembre de 1956. Franco inaugura la presa unos meses antes, aún sin haberse concluido. Más de un millar de hombres trabajan en las obras, por un salario mísero y en condiciones extremas.

Nadie ha descrito mejor las horas posteriores de aquel fatal accidente que el escritor Alberto Vázquez Figueroa, en aquella época experto buceador que participó en las labores de rescate de las víctimas. En sus obras "Sultana roja" y "Anaconda" dejó escritas Vázquez Figueroa referencias conmovedoras de la tragedia: «Ribadelago: una aldea que duerme, una técnica mal aplicada y una presa que se viene abajo arrastrando al pueblo y a todos sus habitantes a las heladas aguas del Lago de Sanabria. La noticia conmovió a España y al mundo, aunque no fuera ni la primera ni la última de idénticas características. En Ribadelago tan sólo algo era ligeramente distinto: los muertos no podían ser recuperados porque se hallaban aprisionados en el fondo de un lago. Días de espera de los parientes aguardando que el agua devolviera a sus víctimas, pero éstas no volvían, retenidas en el fondo por cables, autos, carretas, vigas, postes de teléfono...».

Se perdieron vidas humanas pero también enseres y ganado. Se perdió el futuro. Lo más positivo de aquel mazazo del que Sanabria nunca llegó a recuperarse es que el alcance de la tragedia fue tal y tal el eco que alcanzó que en pocos días llegaron a recaudarse 12 millones de pesetas en donativos. Otro millón de pesetas de las de entonces se recaudó en un partido benéfico de fútbol en el que una selección de jugadores del Real Madrid y del Atlético de Madrid se enfrentó al Fortuna de Dusseldorf. El Estado pagó una indemnización de 95.000 pesetas por hombre fallecido, 80.000 pesetas por mujer y 25.000 pesetas por niño, pero muchas de las indemnizaciones no llegaron nunca a cobrarse. Ribadelago fue adoptado por el entonces jefe del Estado (de ahí que durante años se conociera a la localidad como Ribadelago de Franco), quien encomendó la reconstrucción del pueblo al Ministerio de la Vivienda.

El juicio se celebró en marzo de 1963 en Zamora. La empresa que realizó las obras, Hidroeléctrica de Moncabril, absorbida más tarde por Unión Fenosa, fue condenada a pagar 19.378.732 pesetas. Los informes periciales concluyeron que la rotura de la presa en la fatídica madrugada del 9 de enero de 1959 se debió a la baja calidad de los materiales utilizados, que no pudieron soportar la presión, las bajas temperaturas y las fuertes precipitaciones de las fechas precedentes. Los tribunales de Justicia condenaron al entonces director gerente de la empresa, a dos ingenieros y a un perito como responsables directos de las obras a un año de prisión menor por un delito de imprudencia temeraria. Recurrieron la sentencia condenatoria, el recurso fue admitido y los principales responsables de la tragedia fueron indultados.

La semana que hoy se inicia, el Ayuntamiento de Galende, del que depende administrativamente la localidad de Ribadelago, conmemorará con distintos actos, todos ellos cargados de una enorme emotividad, el cincuenta aniversario de la tragedia. La Casa Real ha aceptado con diligencia la presidencia de honor del comité organizador de este programa de homenaje a las víctimas, al que se han sumado también el Gobierno de la nación, la Administración autonómica, el Parlamento regional, instituciones provinciales y distintas entidades de crédito.

Desde la tarde del jueves 8, un potente cañón de luz iluminará permanentemente el lugar por donde descendieron en catarata las aguas de la presa de Vega de Tera. A la medianoche, coincidiendo con la hora en que se produjo la terrible catástrofe, sonarán las campanas de la iglesia de Ribadelago, de otros templos de la comarca sanabresa y de distintas localidades de la provincia, incluida la Catedral de Zamora. A media mañana del 9 de enero se celebrará un homenaje a los supervivientes y se inaugurará el monumento a las víctimas, realizado por el escultor zamorano Ricardo Flecha, una escultura de más de dos metros y medio de altura fundida en bronce que representa a una madre sanabresa que protege en su regazo a un niño pequeño envuelto en una toquilla, una imagen habitual en las fotografías de época tomadas durante los días posteriores a la tragedia, cuando los sobrevivientes buscaban víctimas y enseres entre los escombros, al bajar el nivel de las aguas que habían sepultado el pueblo.

El Ayuntamiento de Galende, que preside el popular Jesús Villasante, pretende habilitar un inmueble de Ribadelago como museo permanente y recordatorio de la tragedia de enero de 1959. El municipio, con ayuda de la Diputación Provincial y el Museo Etnográfico de Castilla y León, recopila ya material para dotar de contenido a ese museo en cuya puesta en marcha es necesario que se involucren las instituciones provinciales, autonómicas y nacionales, ya que es imposible que el Ayuntamiento de Galende pueda asumir con su escasa capacidad inversora el coste económico de esta iniciativa.

Honra a Zamora entera recordar hoy a los que perdieron la vida por culpa de una cadena de negligencias que jamás debió producirse y que tuvo un coste muy elevado para la provincia y sin embargo mínimo para los responsables de la pérdida de 144 vidas humanas. La mayoría de los supervivientes abandonaron la localidad hace décadas y se labraron un futuro lejos de su tierra. Algunos han regresado durante los últimos años, ya jubilados, al lugar donde nacieron y donde fueron testigos presenciales de incontables dramas humanos. Sirvan estas líneas de homenaje a los que fallecieron pero sobre todo a aquellos que haciendo de tripas corazón, sacando fuerza de flaqueza, y pese a que la riada arruinó sus vidas, siguieron adelante, labrándose el futuro y dando muestras indudables del indomable carácter sanabrés, acerado por una geografía agreste y por cicatrices como la que abrió sobre el pecho de esta comarca zamorana la violenta madrugada del 9 de enero de 1959, hace ahora cincuenta años.

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