19 de octubre de 2008
19.10.2008
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A ti, Títiro, a ti

19.10.2008 | 02:00

En estos tiempos de crisis financiera y de arrebatos políticos, podría tentarnos la idea de meternos a pastores, como en las églogas de Garcilaso y echarnos al campo buscando el sosiego "dulce y caro" del que hablaba Fernández de Andrada o la vida natural y perfecta que aconsejaba Meléndez Valdés. Sin embargo, quizá para recordarnos que el tópico aquel del menosprecio de corte y alabanza de aldea no es sino pura construcción literaria sin correspondencia en la vida, nos devuelve a Virgilio en sus Bucólicas Juan Manuel Rodríguez Tobal.
Traductor de Catulo, Safo y Ovidio, entre otros, y poeta también en Dentro del aire y Grillos, Rodríguez Tobal publica en Hiperión las diez églogas que componen el texto de Publio Virgilio Marón. Y de nuevo en esta ocasión asume Rodríguez Tobal el riesgo de traducir revitalizando a un poeta de la Antigüedad. Digo riesgo porque, a fin de ser fiel al texto latino, el nuevo texto castellano, alejado de perífrasis dulzonas y de falsos clasicismos (como suele ocurrir en otros traductores), nos presenta un discurso límite, que no limitado, en la sintaxis, rico en recursos léxicos, formidable en el ritmo e inteligentemente cargado de alusiones y guiños.
No debe extrañar la presión a la que somete Rodríguez Tobal las construcciones castellanas, puesto que el mismo Virgilio en su latín materno, rizando el rizo, presenta un gusto desconcertante por el hipérbaton. Lo que es más de admirar en el traductor es que consiga armonizar semánticamente el discurso extremado sin contar con el recurso de la flexión latina. Los riegos que corre son mayúsculos: "¿Ay, cabe en quién crimen tanto?, por ejemplo; o "O esa que a Varo también, y acabada no estaba".
Los ardides del traductor son propios del mismísimo Odiseo. Van desde recuperar para el castellano términos asturianos: cuélebre (dragón) por culebra, o desatender la morfología de alguna: reys por reyes; a jugar con dos términos sincréticamente como ocurre en surcaños. Tales deformaciones arraigan perfectamente en el texto gracias a la incorporación de léxico también popular como acobija, cuido por cuidado, desde ya; y ese dulce leonesismo que consiste en anteponer el artículo al posesivo como ocurre en las mis melodías menalias. El intencionado aire arcaico, contrapuesto al sofisticado universo creado por la sintaxis, se gestiona a favor de los personajes árcades de las églogas que construyen su Arcadia del amor, no siempre feliz por cierto, y de otras preocupaciones humanas, no menos importantes, como vender el queso de las ovejas o no venderlo, o la rivalidad entre flautistas y entre cantores.
Pero quizá destaque especialmente el esfuerzo por conseguir trasvasar el hexámetro dactílico latino a ese verso compuesto de Rodríguez Tobal, basado en la unión de un octosílabo y un eneasílabo de rigurosa acentuación; así como en lidiar con los jugueteos fónicos virgilianos, que el traductor hace sonar a la perfección en sus palabras más allá del significado, como ocurre en: "Títiro no estaba aquí. A ti, Títiro, a ti hasta los pinos...", en ajustada imitación del sonido de la dulzaina que toca Títiro; o en ese otro verso: "Pan, de la oveja patrón y patrón del que a oveja la guarda".
Esperemos (aunque cabe esperar cualquier cosa) que el traductor no haya reconvertido en su texto cierta costumbre de Virgilio quien, eludiendo el nombre de amigos, sabía aludir a ellos discretamente. Alusiones al Romancero, las hay, como hay a Claudio Rodríguez. Y con esta hipérbole (que admito posible) quiero expresar el dichoso, si a veces desconcertante, acierto de este poeta al enfrentarse con la difícil tarea de recuperar a Virgilio también en sus momentos más emocionadamente líricos. "No para sordos cantamos, responde a las cosas el bosque".

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