02 de julio de 2008
02.07.2008

El botijo y el barril

02.07.2008 | 02:00
Rufo Gamazo Rico.

Apabullante programación de los "Veranos de la Villa": hay de todo para todos; tanto el que se conforma con cualquier cosilla como el exigente difícil de contentar, van a encontrar espectáculos selectos y diversiones populares a su gusto y medida. Sin dejar de admirar la abundancia, variedad, calidad y coste del programa, se quejaba un cronista amigo del olvido de la zarzuela. ¿Es que el Ayuntamiento no hará nada por la recuperación del mortecino casticismo? Pues... no. El director de la programación justifica la zarzuela con un argumento peregrino pero indudablemente cierto: la zarzuela no se compadece con el ambiente alegre y bullicioso del verano madrileño: suele reflejar escenas de unos barrios pobres pero "honraos", no faltaría más; dramas de celos mal reprimidos, angustias familiares, familiares disputas entre clanes... ocurre casi siempre que el desenlace hace justicia, triunfan los mejores y el público respira satisfecho después de tres largos actos de sufrimiento. En tiempos de jolgorio, el ayuntamiento madrileño no programa dramas; hasta aquí llega lo políticamente correcto.
Cada tiempo trae sus afanes y calores estivales. Hasta que se inventó la benéfica industria del frío, el botijo definió los veranos de la Villa que transcurrían desde los primeros pregones del vendedor de botijos hasta que los puestos de melones se tendían en plazuelas y solares. El botijo destacaba como pieza fundamental e insustituibles en las casas particulares, en los patios de vecindad, en las tiendas, en las redacciones y talleres de los periódicos. En los años de la posguerra la aguadora del botijo se situaba a las puertas de teatros y salas de fiestas, sentada en silla baja, para ofrecer a los nochemiegos sedientos agua en botijo a elegir; fresca sin sabor o fresquísima con anís: cinco o diez céntimos, esto es, perrachica o perra gorda; era todo el gasto que algunos juerguistas se permitían a lo largo de la noche; y volvían a casa o a la pensión tan contentos; habían encontrado un poco de felicidad en el paseo y en el botijo animado por el frescor y el espíritu del anís. Aquellas humildes mujerucas recordaban un famoso tipo madrileño venido a menos, el aguador que después de llevarle agua a los domicilios, pregonaba por las calles aguardiente y otras bebidas duras; difícilmente podría encontrarse entre ella a la Manuela que, en "Agua, azucarillos y aguardiente" le restregaba su orgullo de pobres a la propietaria del aguaducho: "Tú, sin duda te has creído que yo soy una cualquiera. Porque tú estás en tu puesto y yo voy con la vasera". Ya ven como tan poca cosa basta para establecer insalvables diferencias sociales.
En el mundo rural el redondo barril sustituía con ventaja al botijo de pitorro. Enterrado en un hoyo practicado en un rincón de la cabaña o aprovechando un cerro, conservaba el agua a una temperatura agradable y sana. Aseguraban los labradores que el agua del barril sólo podía ser dañina para los imprudentes que la bebían con ansia y sin tino. El orondo barrilín objeto frecuente de chacota prestó con frecuencia su nombre como mote de barrigones y barrigonas que diría la culta doña Bibiana, ministra de no se sabe qué. Desapareció el barril, refrigerio veraniego y algunos motes quedan prorrogados en los descendientes. Bien decía mi maestro don Rosalino: el mote es un sambenito malintencionado que dura más que el hombre que lo lleva.

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