09 de mayo de 2008
09.05.2008

Patronas en la Salamanca universitaria

09.05.2008 | 14:06

Recuerdo que en mis traducciones de las Odas de Horacio mis dudas se resolvían en la casa de "la Toquia". Así llamábamos a su piso que era una "casa de patrona". En ella se sabía hasta Latín.

Joaquín Robla que era uno de sus huéspedes, con vocación por el conocimiento del mundo celta y que llegaría a ser alcalde de Ribadavia y que habría de morir no hace todavía muchos años, iba de acá para allá masticando fonéticamente las "labiales" en sus estudios sobre la evolución de la Lengua, y un estudiante de Medicina, que era otro de los huéspedes leía a voz alta a Freud, mientras yo, que entonces era secretario de la Agrupación Escolar Tradicionalista, acababa de llegar de una conferencia de José Antonio Primo de Rivera en un alto piso, en poco más que una buhardilla. Era una conferencia a dos velas que sólo iluminaban nuestra soledad y nuestra pobreza. A esa misma hora, Don Miguel de Unamuno andaba paseando, arriba y abajo, por la calle de Zamora. Bajo los soportales de la Plaza Mayor paseaban sus boinas blancas Carmen Caderot de Lamamié de Clairac y Marisol Trabadillo. "De tempora, oh mores", diríamos con el clásico.

Era "la Toquia" una "casa de patrona" en una ciudad multilingüe en la que era un dicho popular el de "quien quiera saber, que vaya a Salamanca" y en la que, después de la Semana Santa, se celebraba el "Lunes de Aguas" que escenografiaba un Pentecostés de la carne. El "Lunes de Aguas" se obligaba a todas las inquilinas del "barrio chino" a salir de la ciudad y no ejercer en ella, como penitencia. Yo había visto el paso por el barrio chino de una manifestación de estudiantes que se dirigía de las Facultades de Derecho y de Filosofía y Letras a la de Medicina, para engrosar sus cuadros y como al asomarse las inquilinas a las ventanas y sonreír a los manifestantes muchos de ellos abandonaban la manifestación y respondían a las miradas subiendo a su habitación acaso para estudiar en vivo alguna lección de anatomía femenina. Apenas si se veía a estudiantas en las manifestaciones y en los actos políticos y las pocas que se veían procedían de instituciones religiosas, pero a todas las encontrábamos en clase.

Por aquel entonces en la Facultad de Filosofía y Letras dictaba sus conocimientos sobre la Prehistoria de España Ramos Loscertales. Sus explicaciones eran como breviarios de ciencia rigurosa con sus interpretaciones magistrales. Yo conservo todavía algunos de esos cuadernos de apuentes. Camon Aznar analizaba manejando el proyector, todo el arte clásico y Maldonado de Guevara nos daba todo un curso monográfico de la poesía de Giacomo Leopardi. He visitado poco después la propia casa de Lopardi, en un pueblo de la costa Adriática, y he leído lo que del poeta italiano escribe D´Ors que el romanticismo de leopardi piensa lo mismo que esos escultores que con sólo dejar ojos sin pupilas creen que sus esculturas tienen una pátina de antigüedad. Nosotros que al entrar en el patio de Anaya para subir a la facultad, veíamos la estatua del busto de Unamuno con las cuencas de los ojos vacías, pensábamos que la observaicón de D´Ors no era verdad, proque veíamos todo los días a Don Miguel, con su mirada profunda de investigador visionario, pero viva y actual.

García Blanco estudiaba la incidencia de la leyenda de Don Juan Tenorio en Rusia y un estudiante de Filología de Salamanca, andaba vagando por el barrio chino tratando de localizar los antecedentes judaicos de las canciones de amor de Melibea, pero, al regresar a Zamora en el autobús de Del Río, y ver en lontananza la geografía del "Libro del Buen amor", recordaba la "Noche serena" de Fray Luis, la "Noche oscura" de San Juan y la seducción nocturna de la orilla del Duero, en la que tanto había de vano erotismo como de idealidad juvenil poética, soñada acaso en una de las valadas en la casa de "la Toquia", patrona universitaria en una ciudad que, como decía Unamuno, se declina, pese al "Lunes de Aguas", por luz sobrenatural

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