Para empezar, confieso que escribo casi de oído, porque no conozco con detalle los planes de peatonalización del Ayuntamiento para un par de calles céntricas. Tengo pendiente un encuentro con el concejal de Protección Ciudadana, Francisco Javier González, que no se ha producido por mis reiteradas ausencias de Zamora desde que estrenamos año, no por la disposición del edil a satisfacer mi curiosidad, que es toda. Le pido públicamente disculpas por haber demorado la cita. Pero esa falta de información minuciosa no impide que me sorprenda del fragor que ha alcanzado el debate entre partidarios y detractores de la peatonalización, con más estruendo y artificios verbales que datos y argumentos de peso en contra o a favor. De hecho, en las últimas horas se ha llegado incluso a denunciar amenazas sobre algún establecimiento. Mala cosa. No se produjo nada parecido siquiera cuando se planteó esta medida para Santa Clara, hace ya más de un cuarto de siglo, y eso que era una iniciativa totalmente inédita en Zamora, lo que no significa que no hubiera polémica, posturas encontradas y resistencias. Pero en ningún momento se llegó al enconamiento de ahora.

Entonces hubo que esperar poco para verificar el acierto de la iniciativa, puesta en marcha por un concejal socialista en la oposición, Andrés Luis Calvo, pero con las bendiciones del gobierno centrista de Martín Fiz. Fue un éxito rápido, ya digo. Y eso que la decisión se adoptó un poco a pelo, sin planes complementarios de envergadura, tales como la promoción del transporte colectivo, carril para bicis o aparcamientos alternativos. Ni tampoco se aplicó una nueva política general de tráfico, entonces quizá innecesaria porque se trataba sólo de una calle, es cierto. Hoy en día, aunque la medida sea tímida, la propuesta es más global y se encuadra en el concepto de "accesibilidad y movilidad" que manejan ahora los urbanistas y que se persigue en cualquier ciudad moderna, donde los coches se han enseñoreado hasta de las aceras y los jardines y hacen insufribles las calles más céntricas. Por eso, cuando se intenta dar algún paso para poner frente a esta invasión motorizada, se habla además de "habitabilidad y sostenibilidad", de revitalización del centro y su recuperación para los peatones como elemento clave de identidad urbana. "Mucho rollo", dirán los opuestos a peatonalizar. Pero lo cierto es que en estos tiempos estas cosas no se improvisan ni obedecen al capricho del alcalde o del concejal de turno.

Santa Clara es nuestro ejemplo más próximo. Y si allí ha rotado el comercio e incluso ha cambiado el uso del suelo y locales, no es porque hayan echado a nadie a la fuerza, sino porque esta calle emblemática se revalorizó, el precio del metro cuadrado se multiplicó por mil y la innegable actividad adquirida con la peatonalización atrajo a los pudientes sectores bancarios y financieros, que buscan siempre el mejor escaparate. Mas aquí la pugna no es la clásica peatón-vehículo, sino Ayuntamiento-comercio (al menos una parte importante de éste). Se cuestionan los principios técnicos, y no sólo políticos, de peatonalizar: devolver la ciudad al peatón y recuperar el centro histórico para los compradores, para los turistas, para las instituciones oficiales, para la diversión y hasta para los juegos de los niños y el ocio de los mayores. ¡Claro que no todo son ventajas! Pero miro a ciudades vecinas como Salamanca, León, Segovia o Avila, a sus cascos históricos, y me resisto a creer que sean ellas las que van con el pie cambiado y que nosotros seamos los ortodoxos del ritmo. Aunque no quita.