Conocí y traté muy poco a Gregorio García Antonio, el señor Goyo o Goyo a secas, muerto el pasado miércoles a los 92 años cuando era el alcalde más longevo de España. Recuerdo, eso sí, su cara de buena persona, de gente cabal cuando presidió, como procurador de mayor edad, la constitución de las primeras Cortes autonómicas de Castilla y León. Corría el año 1983 y todo el mundo andaba más o menos despistado frente al estreno de un periodo histórico tan apasionante como novedoso.

Por entonces, Goyo había ganado ya dos elecciones municipales en su pueblo, Sinlabajos (Avila), y era un tipo respetado y querido hasta por quienes no compartían su ideología. Tenía detrás una historia estremecedora: jornalero, afiliado a la UGT y al PSOE en los años veinte, perdedor de una guerra cainita y horrible, herrero, barrenero, pequeño agricultor y, sobre todo, enamorado de su localidad y luchador por un mundo más justo y menos desigual. «Hablad con él; se aprende sólo con mirarle», nos dijo un día a varios periodistas otro procurador. Yo no pude hacerlo como me hubiera gustado. Esta profesión parece asentada en las prisas, las carreras y las urgencias. Además, en aquella época, casi ni sabíamos lo que eran unas Cortes regionales. De modo que íbamos a los plenos y a alguna comisión y salíamos pitando hacia las redacciones. Ni Internet ni ordenadores ni móviles.

Perdí la pista al señor Goyo. Pero nunca olvidé repasar la lista de alcaldes de Avila cada vez que había comicios municipales. En Sinlabajos, pueblo cerealista de La Moraña, de menos de 200 habitantes, seguía Gregorio García Antonio. Y pasaban los años. Y continuaba metiéndose en berenjenales, siempre inquieto, siempre comprometido. Fue de los fundadores de la Unión de Pequeños Agricultores cuando se escindió la antigua Unión de Campesinos; fue de los que lideró el pasado verano, ya con 92 años, una protesta pacífica de alcaldes abulenses de todos los partidos contra la plaga de topillos. Sin avisar se presentaron en la Consejería de Agricultura. A aquel anciano venerable, educado y dulce, pero firme y seguro no podían negarle una entrevista. Y la tuvo? Pocos días antes había cumplido uno de sus anhelos. Fue recibido por Zapatero en La Moncloa. El señor Goyo, armado de sonrisa y bastón, consiguió ayuda para llevar a cabo su gran sueño: construir una residencia de ancianos en su pequeño pueblo. El miércoles puso la primera piedra en compañía de la secretaria de Estado de Asuntos Sociales. Minutos después cayó muerto. Parece un cuento del realismo mágico, una leyenda medieval, un milagro laico. Pero fue así. «Cuando nos repongamos del impacto y del dolor inicial, entenderemos que ha sido una muerte para enmarcar», comentó uno de sus amigos.

Habló del señor Goyo aquí, donde poca gente sabía de su existencia, no por la impresión de ese óbito casi de novela sino por su trayectoria vital y, especialmente, por el tremendo e indestructible compromiso que mantuvo con su pueblo. Me imagino los sinsabores, amarguras y desagradecimientos de 28 años de alcalde; sus peleas, las incomprensiones? Supo aguantar y seguir luchando por una aldea minúscula, por una de esas localidades a las que los enterados de turno califican de "sin futuro", de las que hay que dejar que agonicen y mueran si más.

Pues no; el señor Goyo hizo todo lo contrario: defender el porvenir de su pueblo y con él el de todos los pueblos similares. Algo, que muchos deberíamos tomar como ejemplo y espejo... si es que creemos en esto, claro.